miércoles, julio 29

Memorias del veneno IX

Federico conoció el amor de la forma menos dulce, lo conoció con la tragedia, el dolor y lágrimas. Descubrió que estar enamorado del amor era más conveniente que de la persona. Sus ires y venires estaban llenos de romanticismo puro, de pasión fulmimante y cariño, pero sólo para el amor.
M había sido su catalizador, su había sido su primer amor hasta que le mostró el otro lado del sentimiento. No sólo de las mariposas en el estómago sino de las dagas enterradas y de las heridas que se mantenían abiertas. El amor, ese veneno que se funde con la pasión eran una enfermedad que nunca podría dejar ir, de la que nunca se curaría, pero que sabía condonarla con abrazos ligeros, noches de ajetreo y caricias sin priomesas.
Con M había descubierto la panacea de las relaciones amorosas: no se trataba de estar siempre ni tampoco de vivir felices para siempre. Ellos, decían, estaban juntos sin estarlo, se amaban sin hacerlo, su amor vivía de la histeria ausente, del siguiente encuentro y, por eso, eran víctimas de su propio veneno. Habían seguido con sus vidas, tenían el amor de otros en sus manos y amaban sentirse enamorados. Su acuerdo era conveniente. Y frío.

No habían hecho el amor en mucho tiempo. La amistad prevalecía, los besos robados jugaban el papel de mantener el acuerdo eterno. La prudencia gobernaba casi todos las noches de apuestas perdidas, pero hacía falta recuperar el sabor, sentir la asfixia, opacar el dolor, aventurarse en el riesgo, deseaban recordar las razones que los habían unido pero que al final preferían mantener por separado: el amor.

-Quiero hacerte el amor, dijo ella un cuanto dubitativa pero con la seguridad de la respuesta afirmativa. Y lo que sucedió fue inmediato, se acostaron a oscuras. Él quería prender la luz, pero no lo dijo.

Tomaron un paliativo para esconder la culpa de la traición y se fundieron. Se separaron.

-Es sólo un juego-, aseguró M.
-Lo sé-, contestó Federico. -Siempre lo ha sido-, pensó él.

lunes, julio 27

Historias

La gente vive de historia mientras hace la suya. Fuera de las clases naturales en la escuela que sirven para culturalizar, de los aprendizajes que supuestamente tenemos del pasado, el hombre vive de lo que ha vivido, inhala de los momentos de grandeza que tuvo en el pasado. De añorar sus sonrisas.
Coleccionamos momentos para relatarlos después. Para dar un respiro de la cotidianeidad, recordar lo que nos mantenía juntos, por lo que nos fuimos, por lo que queremos ese momento de regreso. Por el simple hecho no olvidar.
Nadie quiere recordar los momentos malos, sin embargo ahí están también para hacernos recordar. A veces para manifestar el dolor no superado, otras veces para entender las razones de lo que somos, pero en verdad el recuerdo de la historia nunca se va. Podríamos decir que olvidamos, pero la realidad es que sólo se oculta. Dicen que la gente no muere hasta que la olvidan, y a veces es la única forma de protegerse. 
La ausencia es, irónicamente, presente. Tiene sabores, los olores nos transportan y los colores vibran en la cornea imaginaria al recordar cuando revivimos. 

Ella quedó con su historia. Yo continúo con la mía, quedan pendiente las letras que debo unir para que Victoria no se olvide.

martes, julio 21

Lo que he aprendido de las relaciones

Me gustaría decir de que de todas las relaciones que tenido me he llevado algo positivo, pero la verdad es que en muchos casos toman de mí y me quedo con unos malos tragos, recuerdos más bien oscuros y una que otra aventura amarga. 

Lo que sí he aprendido es que ninguna relación se parece a las anteriores ni a las que vendrán, podrán tener sus similitudes, pero cada cabeza es un mundo y, a veces, la mujeres manejan hasta 4 mundos cada una. Si es difícil para nosotros, imagínate para ellas. 

Dicen que el hombre (como especie) es el único que tropieza dos veces con la misma piedra... y bueno, el hombre (como género) es el único que cree que cambió de camino para encontrarse con otro peor. Mientras que está bien intentar aprender del pasado en la vida cotidiana, con las mujeres eso no aplica, verbigracia, si a tu ex le dabas una nalgada en un momento apasionado y lo quieres hacer con la presente... te puede ir mal si no es precisamente su tipo de acercamiento. Es una cuestión de comunicación, pero eso, en un pareja, es un fenómeno rarísimo.

Si a tu ex le dijiste que la amabas luego de mucho tiempo de andar y eso te causó problemas, en la siguiente relación no lo sueltes inmediatamente, se va a espantar y tu quedarás como la parte débil de la relación. Te dirán que eres un lindo, un cursi y un amor... pero habrás cedido los pantalones. Mejor sé sincero contigo mismo y dilo... cuando te la quieras llevar a la cama, es un remedio infalible y seguro, con el tiempo, sentirás algo similar, o quizá en tan sólo unos minutos. 

Podría decir que la comunicación es el principal pilar de cualquier relación. De hecho, sí lo es, pero eso no lo aprendí con las mujeres, de hecho la comunicación con ellas es un tema completamente diferente que dará para un capítulo entero de un libro, título tentativo: la comunicación en los tiempos de venus. 

Y cómo olvidar la confianza... pues así, olvidándola.

En  realidad, todo lo que he aprendido en ene mil relaciones (esperando que los one night stands no cuenten) es que el hombre busca en la mujer apoyo, cariño y entrega y sentirse útil y protector y admirado. Las mujeres quieren quién las escuche, las cuide y papache, saberse queridas y respetadas. Pero para llegar a ese punto, ningún acercamiento del pasado y ningún manual son realmente útiles. Se he aprendido algo, es que en realidad no se nada.

lunes, julio 13

Adagio


El Adagio es más cabrón que el mismo destino, y mira que eso es difícil. El equino es medio terco, está amañado y tiene complejo de grandeza. Es grande y hermoso, lo sabe. A través de su nombre dignifica a quien lo monta. 

"Toma las riendas con la misma fuerza con la que tomarías tu vida. Llévalo a dónde tu quieras, no dejas que te arrastre por el camino que él quiere ir", me dijo mi ángel de la guarda. Tarde o temprano el caballo me llevaría a dónde yo quería ir, pero no cachaba la idea de guiarlo. 

En la música, adagio va por un tiempo musical, lento y majestuoso. En la lingüística, un adagio se puede confundir con la ironía de la sabiduría popular, memorable. Un ejemplo claro. 

Así, en el reencuentro con Adagio, monté como inexperto, me costó identificar la cantidad de fuerza que necesitaba para guiarlo y llegar a mi destino. La falta de costumbre se hizo latente. No logré hacerlo trotar por más de 10 segundos y tampoco pude hacerlo llegar a mi destino en los primeros pasos. Hice que hiciera cosas complicadas sin saber cómo las había logrado y, cuando menos pensaba en "cómo hacer las cosas", salían bien. 

Nuestra segunda cita fue más fructífera. Trotó, se detuvo, volvió a trotar, caminó y en todo momento me obedeció, apliqué la fuerza necesaria, no fueron necesarios los golpes del fuete y los acicates se convirtieron en una útil herramienta de guía. No es que pensará mucho en el cómo, sólo sabía lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. 

La vida como adagio es lenta y majestuosa, el ritmo puede ser largo o corto. Es tocar con pasión, montar con soltura y dejarse llevar. Sólo eso.