En la última década no he podido seguirle la pista a las
actividades que constantemente realizaba, pero todo indica que está bien. Al
menos no me ha llegado un correo del más allá diciéndome que la van a regresar
por mala conducta, o que tiene una demanda por incumplimiento de contrato.
Tampoco he tenido en mis manos alguna señal tangible de cualquier tipo de
comunicación paranormal o normal que pueda siquiera interpretarse como
inconformidad. Así que está bien.
En una década, que es, hasta la fecha, un tercio de mi
existencia han pasado muchas cosas. Muchas que me encantaría contarle, otras
tantas que me niego a decirle y una que otra (siendo la mayoría) en la que me
hubiera gustado tener su consejo –aunque no la escuchara– como lo recalcaba constantemente.
Y ahora que fue tu cumpleaños número 60 no escribí
inmediatamente porque no sabía que decirte. Tantas cosas que en el silencio se
pueden entender. Su silencio presente, su ausencia. Tu memoria en la mía.
Además, no sabía que regalarte. No es que fuera muy constante en la cuestión de
regalos. Pero no sabía que darte.
Lo único que siempre he podido darle es lo que soy. Quien
soy. Como soy. Lo que hago. Lo que hice. Lo que estoy haciendo.
Entonces, ma, en tus pasaditos 60 años sólo puedo darte las
gracias porque contigo llegue hasta donde estoy. Y sí, ya sé que no está tu
cuerpo por acá, pero algo tuyo (si no es que mucho) está en mi. El lindo
temperamento que me cargo, la inocencia maléfica, el maquiavelismo y empuje.
Las ganas y la frustración. Los tamaños. El orgullo y los vicios. La alegría de
cada día. El amor por hacer más. El hacer mejor, que como jodiste para que así
lo hiciera, que hoy da resultados. Y ni se te ocurra reclamar, yo no tengo la
culpa de que tu ADN fuera tan pesado como para transgredir generaciones y ahora
aquí estoy, haciendo lo mejor que me enseñaste a hacer: pelear. Andar. Entercarme.
Vivir.
Feliz cumpleaños, Vic. Todo lo que soy, hasta hoy, es mi
regalo para ti. Gracias.
