martes, junio 26

60 años


En la última década no he podido seguirle la pista a las actividades que constantemente realizaba, pero todo indica que está bien. Al menos no me ha llegado un correo del más allá diciéndome que la van a regresar por mala conducta, o que tiene una demanda por incumplimiento de contrato. Tampoco he tenido en mis manos alguna señal tangible de cualquier tipo de comunicación paranormal o normal que pueda siquiera interpretarse como inconformidad. Así que está bien.

En una década, que es, hasta la fecha, un tercio de mi existencia han pasado muchas cosas. Muchas que me encantaría contarle, otras tantas que me niego a decirle y una que otra (siendo la mayoría) en la que me hubiera gustado tener su consejo –aunque no la escuchara– como lo recalcaba constantemente.

Y ahora que fue tu cumpleaños número 60 no escribí inmediatamente porque no sabía que decirte. Tantas cosas que en el silencio se pueden entender. Su silencio presente, su ausencia. Tu memoria en la mía. Además, no sabía que regalarte. No es que fuera muy constante en la cuestión de regalos. Pero no sabía que darte.

Lo único que siempre he podido darle es lo que soy. Quien soy. Como soy. Lo que hago. Lo que hice. Lo que estoy haciendo.

Entonces, ma, en tus pasaditos 60 años sólo puedo darte las gracias porque contigo llegue hasta donde estoy. Y sí, ya sé que no está tu cuerpo por acá, pero algo tuyo (si no es que mucho) está en mi. El lindo temperamento que me cargo, la inocencia maléfica, el maquiavelismo y empuje. Las ganas y la frustración. Los tamaños. El orgullo y los vicios. La alegría de cada día. El amor por hacer más. El hacer mejor, que como jodiste para que así lo hiciera,  que hoy da resultados. Y ni se te ocurra reclamar, yo no tengo la culpa de que tu ADN fuera tan pesado como para transgredir generaciones y ahora aquí estoy, haciendo lo mejor que me enseñaste a hacer: pelear. Andar. Entercarme. Vivir.

Feliz cumpleaños, Vic. Todo lo que soy, hasta hoy, es mi regalo para ti. Gracias.