El condicionamiento es una de las estrategias más antiguas para repeler lo que es considerado mal comportamiento o fomentar ciertas actitudes en nuestros círculos. Además, todo en nuestra vida es condicionado. Desde niños: 'si no tiendes tu cama no sales a jugar', entonces ahí vas a tender tu cama y finalmente acabas siendo un poco ordenado para poder tener un rato de libertad.
Cuando estás en la pubertad todo es condición de algo más, si tienes barros eres repelente, por ende te cuidas; si no tienes dinero no vas al cine; si no ayudas en casa no sales, si no esto, no aquello. Los papás te lo traducen como una simple y sencilla negociación, pero va más allá de eso. Ellos tienen el poder de que hagas lo que quieren que hagas muy a tu pesar y acabas modificando tu voluntad. Así como todos lo hacemos con los demás.
Ya más entrado en la adultés contemporánea, los condicionamientos siguen y cada vez peores: si no llevas suficiente a casa, no hay pleasant time, si no tomas tu café de las seis de la mañana tu movimiento intestinal se atrofia y por ende tu día. Es odioso.
Ahora, el colmo es cuando una sifuciencia de seres humanos, maduros, los futuros líderes de sí mismos son condicionados por una campana puntual, certera, uniforme y condicionante. Ahí tienes a 80 y pico individuos esperando con ansias el momento de descansar, de fumar, de estirar las piernas luego de incontables conocimientos adquiridos en sesiones de 80 minutos promedio para verse histerizados por un sonido peculiar al cual deberán adaptar su vida por los siguientes 22 meses.
Un repiquetear lejano indica la hora de seguir alimentando la mente, de seguir hambreando su sed de grandeza, de entrar a un aula tipo estadio para continuar con su aprendizaje experimental. Somos como ratas en un laberinto, como perros de Pavlov, pero en humanos. Nosotros no salivamos con el sonido, sólo nos estresamos, nos miramos con frenesí y corremos al salón a sabiendas que tenemos cinco minutos más para disfrutar. El laberinto es mental, es un juego de terror donde las marañas y caminos se crean dentro por un interlocutor ajeno. Un intruso que toca la campana.
Me parece interesante -y divertido- que siendo autónomos, personales y autosuficientes dependamos de un sonido para que nuestros níveles de alerta aumenten. Sabemos que tenemos tiempo extra, pero no, ahí vamos corriendo a sentarnos y mostrar nuestras ganas de más... ¿martirio? ¿sapiencia? ¿conocimiento? ¿experiencia? ...lo que sea. Me incluyo en el terror de aquel sonido. Me gusta, pero me asusta.
En fin, estudiantes de MBA dependemos de una campana. Sabemos lo que significa... ¿qué sería de nosotros sin ella? Seguro habría otro terror.
Somos masteritos de Pavlov. (gracias Cris por la terminología)
sábado, septiembre 17
viernes, septiembre 9
Si fuera vino
Tomar un merlot permitirá, quizá paladear la uva con un deje de dulzura levemente satisfactorio adornado por flores silvestres. Un cabernet, tiene más consistencia, sabor y cuerpo pero tiende a provocar dolores de cabeza severos y a dejar un seco sabor de soledad en la boca.
En lo personal prefiero un syrah. Ya sabes, suave, ligero con tenor y grandes aspiraciones: unas piernas bien definidas, certera caída y un cuerpo envidable, pero insisto, esa es sólo mi forma de sentir y ver una uva envidiablemente buena. Una con la que me identifico. Una que sabe a saber.
Hay quienes se irían por la garnacha, o pinot. Quizá la denominación de origen sirva de algo, pero en realidad, hasta ahora el mejor vino no es la mezcla de varias uvas sino la presencia intangible de cada una de ellas en cada olor, sabor y textura.
Así, algunas características que describiría podrían ser la amargura que aquí viene de origen, ya ves, tempestades, estrés cotidiano, pero al final el deje de dulzura prevalece cuando se sabe tomar. Sin embargo, como al primer sorbo el golpe es duro, la boca queda seca y aturde de inmediato los sentidos, por lo que excusan de tomar más. Probablemente se trataría de una vid de color seductor, no rojos vivos, no morados perdidos, sí a una tonalidad siniestra, típica de una gran reserva, limitada; densa y oscura sin perder el carmesí de la pasión.
Una esencia de frutos salvajes protegidos con empeño en barricas de la madera más densa que exhalan un sabor a vieja guardia, de seguridad insalubre contra el aguerrido clima pasado. Una astuta fermentación que más bien se confunde con soberbia excesiva en su porte y aromas estudiados.
Pese a esto, el proceso de maduración ha surtido un efecto positivo. Tanta experiencia en cosecha, en prueba y error, esa guarda en profundas y frías cabas han logrado repulsar esa acidez. El último proceso de destilación limpia de imperfecciones, deslinda el recuerdo de la coraza y se permite respirar con cada nueva apertura.
La destilación es única por envase y se aprende de la última que fue degustada en beneficio de la propia calidad, la de beberlo y la de casa.
Y aún así, prefiero el syrah, es como es.
En lo personal prefiero un syrah. Ya sabes, suave, ligero con tenor y grandes aspiraciones: unas piernas bien definidas, certera caída y un cuerpo envidable, pero insisto, esa es sólo mi forma de sentir y ver una uva envidiablemente buena. Una con la que me identifico. Una que sabe a saber.
Hay quienes se irían por la garnacha, o pinot. Quizá la denominación de origen sirva de algo, pero en realidad, hasta ahora el mejor vino no es la mezcla de varias uvas sino la presencia intangible de cada una de ellas en cada olor, sabor y textura.
Así, algunas características que describiría podrían ser la amargura que aquí viene de origen, ya ves, tempestades, estrés cotidiano, pero al final el deje de dulzura prevalece cuando se sabe tomar. Sin embargo, como al primer sorbo el golpe es duro, la boca queda seca y aturde de inmediato los sentidos, por lo que excusan de tomar más. Probablemente se trataría de una vid de color seductor, no rojos vivos, no morados perdidos, sí a una tonalidad siniestra, típica de una gran reserva, limitada; densa y oscura sin perder el carmesí de la pasión.
Una esencia de frutos salvajes protegidos con empeño en barricas de la madera más densa que exhalan un sabor a vieja guardia, de seguridad insalubre contra el aguerrido clima pasado. Una astuta fermentación que más bien se confunde con soberbia excesiva en su porte y aromas estudiados.
Pese a esto, el proceso de maduración ha surtido un efecto positivo. Tanta experiencia en cosecha, en prueba y error, esa guarda en profundas y frías cabas han logrado repulsar esa acidez. El último proceso de destilación limpia de imperfecciones, deslinda el recuerdo de la coraza y se permite respirar con cada nueva apertura.
La destilación es única por envase y se aprende de la última que fue degustada en beneficio de la propia calidad, la de beberlo y la de casa.
Y aún así, prefiero el syrah, es como es.
sábado, septiembre 3
Poner en común
Originalmente había pensado en recibir un módico ingreso mensual por escribir mis peripecias como alumno, aprendiz de director general, directivo o, de perdida, de MBA, sin embargo, al editor no le interesó dicha columna mensual porque no estaba dirigido al mercado de directivos y altos ejecutivos al que su revista refiere. Entonces, me dispongo, por mi gusto, a empezar con estas aventuras.
Quizá de entrada las razones que me llevaron a estudiar un MBA (aunque me gusta más en español: Maestría en Dirección de Empresas) son aquellas de cambiar la forma la estructura del negocio de la comunicación en cualquier aspecto, desde la forma de insertar publicidad, los intereses externos que afectan los contenidos hasta la forma en la que están estructurados los medios... ya me veía saliendo y cambiando por completo la forma. Ser el vehículo del cambio inmediato y alzarme como el intelectual y empresario que dio el siguiente paso. Pero creo que ese proceso llevará más de dos años de estudiante y se tendrá que complementar con la aplicación y la experiencia de lo aprendido en mis siguientes dos años.
Nota mental: no salir inflado, sino realista.
Entonces, ahí estaba yo, sintiéndome el verbo encarnado al ser el editor en jefe de la parte online de un medio bastante interesante para estar ahora sentado en un foro rodeado de toda clase de personas interesantes que saben mucho más que yo en otras cosas y a las cuales espero dar algunas otras más. El paso de editor a freelance y de este, a estudihambre fue muy lento en su proceso, pero ahora me parece que el tiempo voló y que quizá, por lento que parezca el futuro, llegará cuando debe para satisfacer, como de costumbre, las coincidencias de cada instante, de cada momento para forjar la historia del niño que quería ser abogado, médico, veterinario, aqueólogo, piloto y no sé que otras tantas cosas y que hoy, finalmente, es un joven -adulto contemporáneo- con estudios en filosofía, embarradas de comunicación, repasos de comunicación corporativa, experiencia como reportero y aprendiz de director.
Estudiar comunicación es saber poco de muchas cosas: periodismo, recursos humanos, publicidad, relaciones públicas, radio, televisión y mercadotecnia para defenderse y tener la posibilidad de influir poniendo los términos y la información en común. Hasta ayer aprendí que un director general debe saber generalidades, saber algo de todo (sin sus específicos) y tener la capacidad de poner en común (comunicar) ante todos la realidad. Y decidir sobre esta.
Arranco esta nueva etapa de estudiante, a tiempo completo. De por vida.
Quizá de entrada las razones que me llevaron a estudiar un MBA (aunque me gusta más en español: Maestría en Dirección de Empresas) son aquellas de cambiar la forma la estructura del negocio de la comunicación en cualquier aspecto, desde la forma de insertar publicidad, los intereses externos que afectan los contenidos hasta la forma en la que están estructurados los medios... ya me veía saliendo y cambiando por completo la forma. Ser el vehículo del cambio inmediato y alzarme como el intelectual y empresario que dio el siguiente paso. Pero creo que ese proceso llevará más de dos años de estudiante y se tendrá que complementar con la aplicación y la experiencia de lo aprendido en mis siguientes dos años.
Nota mental: no salir inflado, sino realista.
Entonces, ahí estaba yo, sintiéndome el verbo encarnado al ser el editor en jefe de la parte online de un medio bastante interesante para estar ahora sentado en un foro rodeado de toda clase de personas interesantes que saben mucho más que yo en otras cosas y a las cuales espero dar algunas otras más. El paso de editor a freelance y de este, a estudihambre fue muy lento en su proceso, pero ahora me parece que el tiempo voló y que quizá, por lento que parezca el futuro, llegará cuando debe para satisfacer, como de costumbre, las coincidencias de cada instante, de cada momento para forjar la historia del niño que quería ser abogado, médico, veterinario, aqueólogo, piloto y no sé que otras tantas cosas y que hoy, finalmente, es un joven -adulto contemporáneo- con estudios en filosofía, embarradas de comunicación, repasos de comunicación corporativa, experiencia como reportero y aprendiz de director.
Estudiar comunicación es saber poco de muchas cosas: periodismo, recursos humanos, publicidad, relaciones públicas, radio, televisión y mercadotecnia para defenderse y tener la posibilidad de influir poniendo los términos y la información en común. Hasta ayer aprendí que un director general debe saber generalidades, saber algo de todo (sin sus específicos) y tener la capacidad de poner en común (comunicar) ante todos la realidad. Y decidir sobre esta.
Arranco esta nueva etapa de estudiante, a tiempo completo. De por vida.
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