jueves, mayo 12

Pensar, confortar, ignorar

Cogito, ergu sum... o en español: pienso, luego existo. El pensamiento atenta conta la felicidad, impide el valemadrismo puritano y crea terribles dolores de cabeza, ansias, planes e interrogantes.

Pensar, por otra parte, da la posibilidad de profudizar, aprender, comprender y adentrarse en la vida de lleno, analizar opciones y tomar una decisión que impulse nuestra felicidad. Sin embargo, la otra parte que atenta contra la felicidad es la naturaleza humana, el anticonformismo, las ganas de quere más, las ambiciones. Me pregunto si alguien, alguna vez, ha logrado decir: suficiente, tengo lo que quiero.

La ignorancia, aunque para mí resulta deplorable, permite crear un burbuja rígida, un mundo de ensueño limitado por uno mismo, ese espacio que llaman vida que avanza pero no afecta, nada interfiere y así se deduce que son felices. No se atreven a salir, no saben hacerlo o no quieren. Insisto, en la ignorancia se vive feliz.

La naturaleza humana, además, es perfectible, mejorable, modificable y aunque difícil a una edad avanzada, adaptable. Si dentro de un burbuja surge el pensamiento, la interrogante más simple, la esfera se achica, para quien está dentro el mundo se reduce hasta que comprime al ser que la habita, lo asfixia, y reviente con una nueva bocanada de aire nuevo, fresco y descubre un mundo nuevo. Se paniqueará, inmóvil verá lo nuevo y lo querrá todo para su burbuja inexistente.

Entonces viene la realidad. Se preguntará que pasó con su mundo anterior, entenderá de su mundo nuevo y querrá más, pero entre más quiera, y más se pregunte, y más razone, y más investigue, y más se mueva, y más viva... más sabrá que nunca hay suficiente.

Tal vez la única opción viable ante esta situación es dejar libre el pensamiento y sólo enfocarse en algunas ideas, confortarse con lo que se tiene y cuando se pueda más, tomarlo; e ignorar aquello que influencia el pensamiento y la suficiencia. Es probable que el ejercicio complique más de una mente interrogante, pero finalmente, si en la ignorancia somos felices, por qué en la sapiencia nos creemos ignorantes de lo qué hacemos.

Ergo, piensa lo suficiente, confórtate con lo tangible e ignora lo que nomás afecta lo primero.

lunes, mayo 9

Hacer por hacer

Reflexiono mucho sobre el presente, el futuro y el pasado. Siempre he dicho que el pasado está bien allá atrás, en su lugar de origen y que no debemos permitir que influya de más en el presente perfecto, sin embargo, lo hace y nos recuerda parte de nuestros orígenes. Luego, pienso en las decisiones de antaño y cómo al momento de estas letras ha afectado, así cómo la forma en la que ese mismo instante de duda, aunque en su momento, inócuo, pasado mañana, será veraz. Quizá sea más fácil entenderlo como un efectó dominó lerdo y pasivo, como una mula mal puesta antes de contar las fichas, como una decisión 'caliente'. Si bien entonces caemos en la cuenta de que, queramos o no, estamos supeditados a una sola partida. Debemos razonar bien las formas en las gastamos las cartas.

Pero aquí se manifiesta otra disyuntiva, el famoso hacer por hacer contra el hacer por ser, hacer por deber, hacer por querer. El primero deja en claro el ocio como madre de la superación masiva, de la necesidad perfecta de una vida contemplativa; en segundo lugar encontramos un proceso evolutivo en el que se perfecciona por medio de la actividad; quizá el tercero y de más pereza, es el hacer por el deber de un contrato social putativo, asignado, que vive del rol que nos impusimos y nos frustra hasta el paso cuatro, el querer. Este último movimiento implica que además de hacer por el ocio, por el gusto, por el aprendizaje y por la obligación, es por la inspiración pura de avanzar, de moverse, de dejar la estabilidad por cualquier razón inferior que no sea la llana sensación de querer.

Por el momento, sin hacer por ser, por negarme al deber, quiero vanagloriar el hecho de este ocio, bien merecido, impulsado nomás por querer hacer.