domingo, agosto 7

Anotaciones de un (traqueteado) viaje a Europa

Durante 28 horas viaje en casi todos los métodos de transporte del mundo, me faltó el barco y la moto, pero considero aún tener tiempo en esta ocasión.

Salí del DF a las 9:20 am con destino a Madrid vía Dallas cuando en realidad, el vuelo original era a Frankfurt. No quiero atacar a nadie, pero cómo le falta a cierta a gente. No es posible que no se fijen en las cosas. En fin, ahí estaba yo en el aeropuerto internacional del DF esperando a subir a mi primer avión cuando observé a ciertos mexicanos venidos a más. Es patético verlos, a duras penas mastican el inglés, el español lo pronuncian como totonacas y su tono de piel -sin ser racista- no es precisamente blanco, mucho menos sus pintados pelos güeros con raíces azabacache, pero eso sí, se sienten mucho más, más grandes, mejores porque se suben al avión mostrando un pasaporte azul que dice United States of America. Miran a sus compatriotas por debajo del hombro, me caen mal por malinchistas.

En fin, que luego de un rato de espera abordamos entre chicanos, salvadoreños, mexicanos, gringos y muchos pronto ilegales el avión para llegar a Fort Worth. Con cinco horas de escala a una temperatura en el exterior de 44 grados centígrados lo único que se puede hacer es conseguir un Club de Vuelo. Y sí, en el 5 piso, cerca de la puerta 22 está los clubes mafufos y sangrones: desde el Centurión de Amex, el de KLM, Lufthansa y el AA; y ahí, en medio de los espacios para ejecutivos alzados y que en efecto envidio, se levantaba un oasis para los clasemedieros, pobres y aburridos pasajeros con 5 horas libres en un aeropuerto: el VIP Club que, por sólo 15 usd te dejaban estar hasta ls 6 de tarde, beber todo lo que te pudieras beber, comer cuanta botana se te atravesara, tener internet y lo mejor de todo ¡fumar!

Huelga decir que me subí al avión con destino a Madrid con unos cuantos tragos encima (3 cervezas, 2 copas de blanco, 1 de tinto, 1 Jack y un Martini) y, como Dios fue benevolente con mi comodidad me acomodaron en business y descubrí que jamás quiero viajar en otra clase. Ahora más que nunca deseo ser un ejecutivo alzado y poderoso para repetir dicha experiencia. En fin, que comí como rey (sí, la comida es mejor que en coach, pero está sobrevaluada), bebí un poco más}(ya sólo pude con dos copas de vino español) hasta que me quedé profundamente dormido y perdido en el alcohol hasta que una linda azafata me despertó 45 minutos antes de aterrizar en Madrid para ofrecerme un desayuno. Seguía borracho mientras me comía un plato de cereal, un yogur y un jugo de naranja. El café exprés no ayudó mucho.

En barajas, bueno, qué les puedo decir, corrí de la terminar 4 a las 1 y sufrí de la prepotencia e inutilidad de los españoles, sin embargo, recordé porque me gusta tanto... las mujeres. ¡qué maravilla! y si tienen rasgos árabes, qué mejor. En fin, que me forme casi 1 hora para documentar mi mini maleta en Ryanair para llegar a Dusseldorf, luego corrí a tomarme una Coca muy fría porque la cruda del avión ya empezaba a hacer efecto y, en Madrid, encerrado en la parte más fea del aeropuerto, con un calor de los mil demonios, y toda la gente, por más linda y atractiva, ceceando puede hacer que tu resaca sea aún peor. En fin, que después de refrescarme la existencia, me subí a un avión con azafatas ucranianas que masticaban el español, según ellas hablaban alemán y lo único que aportaban a mi existencia, era una combinación de piel apiñonada con ojos claros y un cuerpo atractivo por debajo de sus chillones chalecos amarillo chíngame-la-pupila.

Aterricé en el aeropuerto de de Weeze (por ahí de Dusseldorf según el mapa) luego de 2.2 horas de vuelo aburrido y turbulento, corrí al centro de información y pedí que me indicaran cómo llegar a Den Haag, mi destino final. La amable y regordeta alemana me dijo que fuera a la estación de Nijmagen (o algo así) y que corriera porque el bus se iba en 2 minutos, entonces me subí a una combí de primer mundo que, por 12 euros me transporto en 45 minutos a una estación de tren ¡EN HOLANDA! Bueno, el caballero hostil que vende los boletos del tren me dijo que no aceptaban tarjetas que no fueran Maestro, y como ya no llevaba dinero, pensé que ese era el fin, sin embargo, en el plan original de viaje yo tenía un tren de Frankfurt a La Haya, así que se lo mostré al caballero holandés poco agraciado y me indicó que me subiera al tren, llegara a Utrecht, cambiara de tren y llegara a Den Haag Centraal.

Una vez en Utrech cambié de trenes, no sin antes avisarle a mi querido anfitrión que iba en camino... pero cómo le avisas a alguien cuando tu celular de casa no tiene servicio y los teléfonos públicos no usan monedas y nadie te vende tarjetas de teléfono con tarjetas de crédito. Una amable señora me prestó su celular.

Después de esperar 1.5 horas en la estación indicada, en el punto preciso, mi anfitrión llegó por mí, me subió a un camión, me hizo caminar 5 minutos y ahora, heme aquí, en un estudio-habitación en La Haya, luego de 28 horas de viaje que valieron mucho la pena.

jueves, agosto 4

Algún día... otra vez

Es extraño explorar en el pasado antiguo, no recuedo mucho estos tiempos, pero sí sé que no me daba miedo.

Quizá ya es hora de superarlo y hacerlo otra vez.



Aquí en la Sala Chopin a los 5.5 años. 


Y aquí, en la misma sala, como a los 9 o 10, al menos ya llegaba al piso.


Antes de estirar la pata, tengo que volver a hacerlo, algún día otra vez.