Las mujeres no
mueren. Está en su naturaleza el don de la vida, el dar vida y a su vez, el
terminar con ella. Las mujeres viven del amor que profesan y del que reciben
por el haberse entregado a vivir.
Cuando una mujer se
entrega a otro ser, su alma se traspasa de cuerpo y se establece en el de su
amado. No omite al alma que la recibe, pero la acompaña y se convierte en su
consciencia hasta que se fusionan. O es lo que dicen los sabios.
Renata nació
fácilmente de una cascada de sangre, el elixir que asesinó a su madre la lleno
de vida y fuerza, aún desde muy pequeña. Su padre, José quedó a cargo de su
hija y con un duelo eterno hasta el día que murió, cinco años después, cuando
la tristeza y la soledad lo abandonó.
Y es que la madre de
Renata murió en cuerpo, pero sobrevivió en el alma de su hija. La pequeña era
lo más amado para la madre, por lo que José quedó desamparado una vez más. Las
madres aman más a los vástagos que a sus parejas. Las mujeres jóvenes aman en
demasia a sus hombres y por eso es que el ‘sexo fuerte’ logra grandes cosas
cuando enamorados y jóvenes, pero una vez que nuevas y pequeñas vidas llegan,
se pierden en el universo.
Si los hombres
tienen hijas, estas se convierten en el nuevo pilar de la fuerza masculina. Las
niñas pequeñas tienen más que dar que las adolescentes y las adultas porque no
difieren de personas, son apasionadas, únicas y se entregan. Sin embargo, esta
fuerza infantil sólo puede ocurrir cuando la madre vive.
Renata, como se
llevó a su mamá, no podría convertirse en el oráculo de su padre y este
falleció pronto, solo, confundido y amando terriblemente lo que no entendía ya.
En el pueblo de
Santo Domingo siempre se escuchaban estas historias. Las mujeres eran longevas,
los hombres no. Las familias completas, con niñas, siempre se veían saturadas
de alegría y tenían un éxito diferente a aquellas que no eran lo que se conoce
como familias comunes.
Había familias en
las que la madre había muerto, como era el caso de Renata y, en estos núcleos,
el hombre mayor moría relativamente más joven que los demás del pueblo. Los
hermanos, si los había, huían de Santo Domingo cuando llegaban a cierta edad
para aventurarse en el mundo y escapar del destino de morir antes que sus
mujeres y no poder cumplir con sus obligaciones al comprometerse. Pero tarde o
temprano volvían, porque las mujeres del pueblo eran únicas. Eran la vida. Eran
las mujeres que no podían morir.
Las familias en las
que el padre había muerto y una mujer lideraba al pequeño feudo, los hijos
crecían con una perspectiva diferente al mundo ya que la mujer adoptaba el
papel de madre y padre, cosa que un hombre jamás podría hacer. Una mujer a la
cabeza de la familia significaba éxito y era un buen augurio, aunque pocos se
atrevían a decirlo. El éxito de estas familias no era el esperado en recursos
económicos y tampoco en cosas materiales y banales. Su victoria consistía en una sabiduría novedosa de la
vida.
Los hijos e hijas de
mujeres solteras o viudas crecían con una consciencia más amplia de la vida.
Sabían que las mujeres no podían morir y luchaban incluso con mas fuerza para
convertirse en el receptáculo del amor no sólo de su madre, si no de su amada
para sobrevivir al futuro. Así, cuando quedaran solos, si pasaba, no cayeran
perdidos en el abismo terrible de la perdición por ausencia.
Es que no hay nada
más malo que sentirse amado por alguien que ya no está. La desesperación invade
cada miembro del cuerpo, cada órgano está alerta para sentir una caricia otra
vez y el corazón, esperanzado, se sabe muerto.
Renata era la luz de
José. Su tesoro, pero también se perfilaba como su perdición. Él lo sabía y
antes de enfrentarse a su destino, prefirió ahogar las penas en aguardiente
local. Dejó ir el poco soplo de vida que le quedaba por temor a dejar a su
pequeña sola… pero fue lo que acabo haciendo.
José había sido no
un joven guapo ni atractivo. En realidad José no tenía cualidades
diferenciadoras notables. Era un hombre más. De niño fue promedio, juguetón y
risueño, en la adolescencia se convirtió en una persona taciturna y oscura,
receptáculo del amor de su madre cuando su cuerpo murió a manos de la golpiza
que le propinó su esposo. Sin embargo, esta etapa oscura no le duró mucho
tiempo. Conoció a la que sería la madre de su pequeña, una mujer con ojos almendrados
color miel, manos firmes, callosas y con muchas líneas naturales dibujadas en
la piel, lo que confirmaba el linaje del pueblo de Santo Domingo, y la
filosofía de vida digna de una familia con padre ausente.
José revivió. José
hizo todo lo que alguna vez soñó y creyó imposible. José fue feliz, tenía todo
el amor de su esposa, hasta que ella quedó embarazada de Renata.
-José, estoy
embarazada. Lo sé. Y será una niña, dijo la señora de José una tarde. El tono
no podía ser más neutral. Ella sabía lo que eso significaba.
José hizo un ruido
que pareció una afirmación pero sus otrora ojos verde se oscurecieron. La mueca
se le desdibujó. Era hora de volver a la realidad, sabía. No más fortaleza
prestada, no más vida gratis, ahora tenía competencia. Él hubiera querido ser
más egoísta, tener a su mujer más tiempo para él. Aún no llegaba su pequeña
pero ya extrañaba la atención de su esposa. Todo iba a cambiar.
-¡Por fin!, dijo
sinceramente y dibujo una pequeña sonrisa en su cara. –Se llamará Renata, y me
regresará la vida cuando nazca.
Su esposa, sabia
como todas las mujeres de Santo Domingo, asintió. La verdad es que no
sobreviviría y lo sabía, pero era mejor darle esperanza a su marido.