Como buen mexicano nació jodido, como buen español, vivió
quebrado. De pequeño, cuando era el encargado del robo hormiga a los clientes,
la abuela le daba el 10% de sus hurtos como comisión, pero para un poco letrado
joven, el 10% no tenía validez real. Pero aprendió a la mala.
No sabe cómo, pero aprendió lo básico de economía, finanzas
y microbanca. Y con microbanca nos referimos a la forma de burlar agiotistas,
convertirse en usurero y crear esquemas ponzi tan maquiavélicos que parecían
inocentes. Así, el borracho de pulquería tenía el oficio de portero, por cuidar
la entrada del negocio del burdel de la abuela; además de mesero y cantinero.
Un poco de herrero, carpintero y pastor. A veces se le daba lo electricista y
otras tantas el de escolta, pero finalmente, lo único bueno que sabía hacer
Torcuato Gómez Illundain era soñar. Soñar en grande, con tener no una sino dos
botellas de vino; con un percheron que jalara su carretita en lugar de una
triste mula mal parida y medio deforme. Soñaba con conocer a una mujer que lo
dejara entrar en sus entrañas sin cobrarle y con un hijo que fuera sólo suyo al
cual darle todo lo que existía en el mundo: su poco dinero. Además, se
ilusionaba pensando en el momento en el que no tuviera que compartir su
habitación con la abuela, en el instante en el que pudiera dejarse al alcohol
sin la preocupación de deberse levantar a trabajar al día siguiente para
conseguir lo suficiente para el plato de frijol que preparaba la última
embarazada del negocio familiar y el medio litro de aguardiente nocturno.
Torcuato era Torcuato por que le había gustado el nombre a
su madre. Alguien importante del pueblo llevaba ese nombre. Torcuato pensaba
que así se llamaba el hombre que le había engendrado y que en honor a los 3
pesos que había dejado por los servicios otorgados le habían nombrado así. Pero
luego, Torcuato pensada que su tesis era estúpida, cómo era posible que su
madre supiera quién era su padre si se dedicaba la vida galante, a los hombres y sus placeres carnales, a
cocinar 4 meses al año durante los últimos 13 años por cada uno de sus hijos.
Además, se inquiría Torcuato, sus otros 12 hermanos llevarían el nombre de su
padre también. Pero se devanaba el seso pensando cómo sería posible que eso
fuera posible si su sacrosanta progenitora se acostaba con al menos 10 clientes
a la semana, según la abuela.
Pero su habilidad para soñar era grande, entonces imaginó
como su madre sí era una mujer de cascos ligeros y que vendía sus carnes al
mejor postor, pero que no era una cualquiera, que sólo los más educados señores
se acercaban a ella por sus servicios, que la visitaban grandes y lores de
lugares lejanos por sus habilidades amorosas y que por ende, sabía justo quién
era el padre de él de cada uno de
sus hermanos.
La verdad es que Iván Torcuato Gómez Ilundai y Pérez Borgia,
mejor conocido como Don Iván, nunca sabría la razón de llamarse cómo se
llamaba. Lo que le calmaba por las noches era su Ilundain, ese apellido tan
bravo y fuerte, proveniente de los conquistadores españoles, de un lugar vasco,
le había dicho su abuela, y que en su tierra de origen tenían amplios poderes,
pero por la ambición de unos, los habían desterrado al ‘chiquiero del nuevo
mundo’ para que aprendieran de humildad y crecieran en templanza.
“Pa’ pinches aprendizajes”, repetía constantemente la
abuela. La verdad es que el apellido era una herencia lejana, ganada, una vez
más, por el valor de las carnes en una economía estancada.
Como español, Torcuato decía que tenía la visión para hacer
mucho. Lástima que cuando tenía sus lapsos de iluminación estos se agotaban en
tres vasos seguidos de aguardiente, mezcal, vino caliente o cualquier bebida
alcohólica que apaciguara sus ímpetus de grandeza. Como mexicano, sabía que podía
aguantar lo que fuera. Y lo hacía, vivía consigo mismo. Como Ilundain haría
grandes cosas. Cuál Gómez, Pérez-sería.
2 comentarios:
Me gustó esta historia, aunque me late para novela. Torcuato es como muchos de nosotros, sabedor de su fuerza pero eternamente perdido en sus sueños y vicios.
Torcuato es como muchos de nosotros, sabedor de una gran fortaleza interior pero eternamente perdido en ensoñaciones y vicios.
Me gusta la historia, quiero saber más de este fino caballero.
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