Todo está lleno de distractores, gente que camina, otra que
habla y muchas que intrigan por su mirada perdida, por la sonrisa incandescente
y otras porque están como muertos.
Además, hay luces con intensidades varias. El complemento perfecto es el
murmullo cotidiano, los anuncios de la calle, el rugir de los motores y el
lluvia. Luego el sol. Ahora el viento y de regreso al silencio.
Pero ahí está la nada. Su arbitrariedad con la importancia
constante de la vida. Le resulta indiferente quién hace qué, le parece
irrisorio la sorpresa por las vicisitudes y termina aplastándolo todo ante su
hedor de confesión.
Se pregunta, quién le hizo creer a las moscas que son
importantes. En qué momento el ego se apoderó de la creación humana, esa disque
tan inteligente. La vomita. Y es que las personas infladas se creen tan
importantes, tan únicas, como las otras 7 mil millones, pero de no ser por unas
40 que la rodean, una sola persona sola no existe. Es nadie. Es nada. Y como es
nada, se acumula en ‘todo’ aquello que sobra, que resulta inconcluso,
interminable pero insignificante. Se desvanece.
La nada es la ausencia de algo. Entonces, ella, así de digna
y abusiva, sabe que todos sobran. Pero le gusta reírse de la importancia que el hombre se da,
un distractor más para su eterna faena de significantes aburridos.
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