A media noche te despierta un escalofrío reconocido. Hay un deje de sudor en la frente. Una humedad maldita en la piel. El aire se cuela por las sábanas enredadas. Los ojos avispados, la respiración entrecortada, el 'pum-pum-pum-pum' del corazón como percusión infame y esa imagen en la mente. Es sonrisa. Esa mirada, ese sonido, esa ausencia que te roba el aliento.
Te preguntas su origen. Su misticismo. Su realidad. Y la tuya. La espias por todo los ángulos. Descubres que te atrae. Sabes que te hipnotiza. La quieres más. Te gusta, aunque lo niegues. Maldita, te repites.
Cierras los ojos de nueva cuenta. Te pones de lado. Piensas en pensar. Sientes en sentir todo menos ese ajetreo en el pecho, esa incertidumbre en la boca del estómago. Abres los ojos y ves al infinito con tal de no revivir esa imagen. Te descubres saboreando su blasfemia. Te sientas y prendes un cigarro.
Fumas una, dos, tres y cuatro bocanadas al hilo. El nervio se apodera. Esa mirada, esa calma tan secreta. El hallazgo del día. La libélula. Apagas el cigarro a medias, te sientas ante el piano, lo acaricias, suspiras, lo vibras y sientes. Esa octava define el poder, ese acorde entiende tu angustia, esa caída interpreta el conjunto.
El ritmo disminuye. Te recuestas otras vez. Jamás aceptaras la sensación en público, pero sabes que es cierto. Susurras por últimas vez el gusto que le tienes.
Cierras los ojos.
Sonríes.
Te sabes vulnerable, sólo esta noche. Tal vez mañana también.