Estoy seguro que esa mañana ha sido una de las más duras de
mi vida. Saber que tu cuerpo ya no estaba. Que me habías dejado solo y que por
más que corriera escaleras arriba, que gritara tu nombre, que llorara
buscándote, no encontraría tus brazos o tu sonrisa. Tu palabra o
tu consejo. Ya no estás.
A veces creo que aún no sé que estoy haciendo y me haces
falta para recibir tu sabiduría, para que me orientes. Ese 27 de julio en la
madrugada cambiaría mi vida por completo. La cambió, de hecho. Se abrieron infinidad
de puertas para que me convirtiera en lo que soy, para que terminara la cocción de lo que habías creado. Al mismo tiempo se cerraron otras puertas. O
cambiaron de dimensión y no estoy seguro de cómo abrirlas, ni de querer
hacerlo.
Todavía me pregunto que sería de mi si aquí estuvieras.
Dueles.
Si estuvieras rondando por aquí creo que nada de lo que
hasta hoy he hecho sería. Y entonces imagino. Seguramente hubiera acabado con
la filosofía. Sería un lujurioso maestro o quizá ya un prominente doctorando. O
quizá no estaría aquí. Pero aún podríamos ir a comer los domingos, luego ir por
un helado y después al cine. Tal vez entre semana divagaríamos y me harías
corromper cada una de las teorías llevándome al límite para vivirlas. En los
últimos 10 años no habría vivido solo. Ni viajado tanto. Quizá ni siquiera
hubiérame arriesgado a hacer todas las babosadas que me han hecho yo.
Pero muerta también me has llevado al límite. A romper todos
los paradigmas que sin razón alguna me dijeron que debía seguir o los que me cree para sobrellevarte. El constante
empuje de ver más allá. Pero te falto enseñarme de equilibrio. Ese lo medio he
aprendido. Se te olvidaron las lecciones que dicen que hay un punto medio, que no todo es la pasión
arrolladora, la fuerza de empuje sin calcular las consecuencias. Ahora que lo pienso,
quizá en tu única visión de la vida, no querías que aprendiera de balanzas y sólo de
entregas, pero te fuiste.
Han sido 10 años. Como a las 5 de la mañana me informaron que
ya era hora. Diez minutos más tarde yo estaba tirado en el piso, impactado. Aún
me pregunto ¿qué debo hacer? Y entonces hago lo que hacías: seguir. Dar el siguiente paso. Levantar la cara, secarte las lagrimas y caminar. Hasta que te canses, y en ese momento, seguir otra vez.
Te extraño mucho. A veces se me olvida que alguna vez
estuviste, y me siento mal al descubrirme así. Luego me lavo el cerebro de que
siempre estás y no es que te olvide, que algo de ti está conmigo, y por
eso no te extraño tanto. Pero es complicado.
Con tu partida… Me despedí infinidad de veces pero nomás no
me hacías caso. La esperanza. Esperaba que regresaras. Espero verte otra vez.
Pero por favor, no te aparezcas en mis sueños, ni como fantasma, sólo espero
verme alguna vez y ver que ahí estás, orgullosa, viva. Apasionada, en mi.
Te extraño. Te amo. Me cambiaste la jugada. Me diste una
vida nueva. Renací. Tu también.