sábado, noviembre 17

Las mujeres no mueren


Las mujeres no mueren. Está en su naturaleza el don de la vida, el dar vida y a su vez, el terminar con ella. Las mujeres viven del amor que profesan y del que reciben por el haberse entregado a vivir.

Cuando una mujer se entrega a otro ser, su alma se traspasa de cuerpo y se establece en el de su amado. No omite al alma que la recibe, pero la acompaña y se convierte en su consciencia hasta que se fusionan. O es lo que dicen los sabios.

Renata nació fácilmente de una cascada de sangre, el elixir que asesinó a su madre la lleno de vida y fuerza, aún desde muy pequeña. Su padre, José quedó a cargo de su hija y con un duelo eterno hasta el día que murió, cinco años después, cuando la tristeza y la soledad lo abandonó.

Y es que la madre de Renata murió en cuerpo, pero sobrevivió en el alma de su hija. La pequeña era lo más amado para la madre, por lo que José quedó desamparado una vez más. Las madres aman más a los vástagos que a sus parejas. Las mujeres jóvenes aman en demasia a sus hombres y por eso es que el ‘sexo fuerte’ logra grandes cosas cuando enamorados y jóvenes, pero una vez que nuevas y pequeñas vidas llegan, se pierden en el universo.

Si los hombres tienen hijas, estas se convierten en el nuevo pilar de la fuerza masculina. Las niñas pequeñas tienen más que dar que las adolescentes y las adultas porque no difieren de personas, son apasionadas, únicas y se entregan. Sin embargo, esta fuerza infantil sólo puede ocurrir cuando la madre vive.

Renata, como se llevó a su mamá, no podría convertirse en el oráculo de su padre y este falleció pronto, solo, confundido y amando terriblemente lo que no entendía ya.

En el pueblo de Santo Domingo siempre se escuchaban estas historias. Las mujeres eran longevas, los hombres no. Las familias completas, con niñas, siempre se veían saturadas de alegría y tenían un éxito diferente a aquellas que no eran lo que se conoce como familias comunes.

Había familias en las que la madre había muerto, como era el caso de Renata y, en estos núcleos, el hombre mayor moría relativamente más joven que los demás del pueblo. Los hermanos, si los había, huían de Santo Domingo cuando llegaban a cierta edad para aventurarse en el mundo y escapar del destino de morir antes que sus mujeres y no poder cumplir con sus obligaciones al comprometerse. Pero tarde o temprano volvían, porque las mujeres del pueblo eran únicas. Eran la vida. Eran las mujeres que no podían morir.

Las familias en las que el padre había muerto y una mujer lideraba al pequeño feudo, los hijos crecían con una perspectiva diferente al mundo ya que la mujer adoptaba el papel de madre y padre, cosa que un hombre jamás podría hacer. Una mujer a la cabeza de la familia significaba éxito y era un buen augurio, aunque pocos se atrevían a decirlo. El éxito de estas familias no era el esperado en recursos económicos y tampoco en cosas materiales y banales. Su victoria  consistía en una sabiduría novedosa de la vida.

Los hijos e hijas de mujeres solteras o viudas crecían con una consciencia más amplia de la vida. Sabían que las mujeres no podían morir y luchaban incluso con mas fuerza para convertirse en el receptáculo del amor no sólo de su madre, si no de su amada para sobrevivir al futuro. Así, cuando quedaran solos, si pasaba, no cayeran perdidos en el abismo terrible de la perdición por ausencia.

Es que no hay nada más malo que sentirse amado por alguien que ya no está. La desesperación invade cada miembro del cuerpo, cada órgano está alerta para sentir una caricia otra vez y el corazón, esperanzado, se sabe muerto.  

Renata era la luz de José. Su tesoro, pero también se perfilaba como su perdición. Él lo sabía y antes de enfrentarse a su destino, prefirió ahogar las penas en aguardiente local. Dejó ir el poco soplo de vida que le quedaba por temor a dejar a su pequeña sola… pero fue lo que acabo haciendo.

José había sido no un joven guapo ni atractivo. En realidad José no tenía cualidades diferenciadoras notables. Era un hombre más. De niño fue promedio, juguetón y risueño, en la adolescencia se convirtió en una persona taciturna y oscura, receptáculo del amor de su madre cuando su cuerpo murió a manos de la golpiza que le propinó su esposo. Sin embargo, esta etapa oscura no le duró mucho tiempo. Conoció a la que sería la madre de su pequeña, una mujer con ojos almendrados color miel, manos firmes, callosas y con muchas líneas naturales dibujadas en la piel, lo que confirmaba el linaje del pueblo de Santo Domingo, y la filosofía de vida digna de una familia con padre ausente.

José revivió. José hizo todo lo que alguna vez soñó y creyó imposible. José fue feliz, tenía todo el amor de su esposa, hasta que ella quedó embarazada de Renata.

-José, estoy embarazada. Lo sé. Y será una niña, dijo la señora de José una tarde. El tono no podía ser más neutral. Ella sabía lo que eso significaba.

José hizo un ruido que pareció una afirmación pero sus otrora ojos verde se oscurecieron. La mueca se le desdibujó. Era hora de volver a la realidad, sabía. No más fortaleza prestada, no más vida gratis, ahora tenía competencia. Él hubiera querido ser más egoísta, tener a su mujer más tiempo para él. Aún no llegaba su pequeña pero ya extrañaba la atención de su esposa. Todo iba a cambiar.

-¡Por fin!, dijo sinceramente y dibujo una pequeña sonrisa en su cara. –Se llamará Renata, y me regresará la vida cuando nazca.

Su esposa, sabia como todas las mujeres de Santo Domingo, asintió. La verdad es que no sobreviviría y lo sabía, pero era mejor darle esperanza a su marido.

No hay comentarios: