sábado, septiembre 17

Masteritos de Pavlov

El condicionamiento es una de las estrategias más antiguas para repeler lo que es considerado mal comportamiento o fomentar ciertas actitudes en nuestros círculos. Además, todo en nuestra vida es condicionado. Desde niños: 'si no tiendes tu cama no sales a jugar', entonces ahí vas a tender tu cama y finalmente acabas siendo un poco ordenado para poder tener un rato de libertad.

Cuando estás en la pubertad todo es condición de algo más, si tienes barros eres repelente, por ende te cuidas; si no tienes dinero no vas al cine; si no ayudas en casa no sales, si no esto, no aquello. Los papás te lo traducen como una simple y sencilla negociación, pero va más allá de eso. Ellos tienen el poder de que hagas lo que quieren que hagas muy a tu pesar y acabas modificando tu voluntad. Así como todos lo hacemos con los demás.

Ya más entrado en la adultés contemporánea, los condicionamientos siguen y cada vez peores: si no llevas suficiente a casa, no hay pleasant time, si no tomas tu café de las seis de la mañana tu movimiento intestinal se atrofia y por ende tu día. Es odioso.

Ahora, el colmo es cuando una sifuciencia de seres humanos, maduros, los futuros líderes de sí mismos son condicionados por una campana puntual, certera, uniforme y condicionante. Ahí tienes a 80 y pico individuos esperando con ansias el momento de descansar, de fumar, de estirar las piernas luego de incontables conocimientos adquiridos en sesiones de 80 minutos promedio para verse histerizados por un sonido peculiar al cual deberán adaptar su vida por los siguientes 22 meses.

Un repiquetear lejano indica la hora de seguir alimentando la mente, de seguir hambreando su sed de grandeza, de entrar a un aula tipo estadio para continuar con su aprendizaje experimental. Somos como ratas en un laberinto, como perros de Pavlov, pero en humanos. Nosotros no salivamos con el sonido, sólo nos estresamos, nos miramos con frenesí y corremos al salón a sabiendas que tenemos cinco minutos más para disfrutar. El laberinto es mental, es un juego de terror donde las marañas y caminos se crean dentro por un interlocutor ajeno. Un intruso que toca la campana.

Me parece interesante -y divertido- que siendo autónomos, personales y autosuficientes dependamos de un sonido para que nuestros níveles de alerta aumenten. Sabemos que tenemos tiempo extra, pero no, ahí vamos corriendo a sentarnos y mostrar nuestras ganas de más... ¿martirio? ¿sapiencia? ¿conocimiento? ¿experiencia? ...lo que sea. Me incluyo en el terror de aquel sonido. Me gusta, pero me asusta.

En fin, estudiantes de MBA dependemos de una campana. Sabemos lo que significa... ¿qué sería de nosotros sin ella? Seguro habría otro terror.

Somos masteritos de Pavlov. (gracias Cris por la terminología)


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