viernes, octubre 17

Política del terror

Wikipedia, que todo lo sabe y lo que no deja que los incultos lo definan, dice que el terrorismo es el uso de violencia contra civiles con fines políticos. Y bueno, la política es el uso de todos los medios contra los civiles para obtener un beneficio personal en nombre de una nación, Estado, pueblo, municipio o cualquier cosa que se le parezca. 
Si los juntamos, el común denominador es joder a los civiles argumentando un bien mayor. Lindo, lindo, lindo.
Sin embargo, no hay que ir tan lejos, muchas empresas y compañías aplican las mismas "políticas" por ese deseo de superación y permanencia: la sustentabilidad del negocio. Para lograrlo, convierten a los empleados en perros de Pavlov... bueno, humanos tratados como perros condicionados por reflejos exteriores, algunos les llaman castigos, otros escarmientos, pero al final, todo gira en torno a lo mismo: miedo. 
Aunque aquí no suena la campanita para hacer babear a los empleados, está la constante y lasciva tendencia del terrorismo psicológico, el temor a perder el trabajo dadas las circunstancias, a darle mayor importancia a la cantidad en vez de la calidad y la reunión de ambas como tristes patadas de ahogado pa' ver que sale mejor.
La enciclopedia existencial que llevo dice que en el trabajo, las políticas del terror consisten en mantener gacha la cabeza, no preguntar, no comentar, no decir y aguantarse so pena de quedarse sin trabajo en un medio que defiende la libertad de expresión. 
Cínicos, sí; funcionales, también. ¿Irónico? ni qué decir.

jueves, octubre 16

Baño de pueblo

No intento ser despectivo, sólo un cuanto realista. En una noche hice todo lo que no había hecho en casi cinco años. Salí de trabajar, llevaba prisa y al llegar a la esquina de la cuadra tomé un micro con destino al metro Mixocac. Había olvidado ya lo cabrones que son los choferes de dichos vehículos, su paciencia en cada esquina y lo pendejos que son para dejar bajar al pasaje.
Por intenso, le conductor chocó con un coche, le voló un espejo y nos cambiamos de unidad. Me subí al trolebus, esos transportes fueron sin dudas lo mejor de sus tiempos, la tecnología más tecnológica, pero ahora son grises con asientos verdes, huelen mal y en general son poco atractivos visualmente.
Finalmente llegué al metro. Me sorpredió sobremanera que los andenes estuvieran vacíos. Me subí a la limosina naranja con dirección El Rosario y llegué a mi destino en le Auditorio Nacional. Durante el breve trayecto pensé que de todos los pasajeros -en realidad pocos para ser las 20 horas- mi perfil no encajaba muy bien ahí. No es por fascista ni mucho menos, aclaro, pero casi todas las personas iban cabisbajas, durmiéndose en el vagón, leyendo irónicamente "El Metro", "Gráfico" y publicaciones del estilo, pero más curioso aún es que estaban en la sección de Sudoku o de los crucigramas. Gran juego, ese del sudoku.
Luego medité... que el metro tiene muchas cosas buenas como el precio, la limpieza -el subway neoyorkino es una porquería y ni qué decir del londinense en algunas zonas. Que gran diferencia con el querído S-Bahn, U-Bahn o el Tram de Munich, Berlin o cualquier ciudad civilizada de la Bündesrepublik, son puntuales, si el horario dice 07:23, en ese instante llega el transporte. Y no, no estoy comparando, solo mostrando las diferencias.
Total que ahí voy sentado junto a una ventana viendo el terrible panorama de los túneles del colectivo, en la parada de Tacubaya entré en pánico, supuse que mucha gente entraría, pero no fue así. Me consolé pensando que al saber que yo viajaría, no quisieron incomodar mi trayecto.
¿A quién fue el idiota que se le ocurrió hacer las estaciones del metro tan hasta abajo?, sin fin de escaleras, con el plus de las mecánicas que rara vez funcionan y si lo hacen, la gente se estanca en un peldaño y nada, no se mueven, parecen vacas encaminadas a rastro.
Al fin escale con dificultades los 328 peldaños que me llevaron a la superficie. Agotado pensé en dejar de fumar... ahora entiendo porque el pueblo en general o goza de buena salud, o se muere muy rápido. Todo es culpa del metro.

jueves, octubre 9

Memorias del veneno

Ella se llamaba Laura

Cuando tenía seis años sufría por el inconmensurable dolor que le daba estar enamorado de aquella niña. Era única, divetida y atractiva. A sus escasos años no tenía curvas vertiginosas, ni vértices llamativos. Era como una lisa tabla de madera, pero su mirada hacía que detonaran las células de los pequeños Juanes. Laura y su novio de prepri, "el pillo", se daban besitos en los labios. Eso podía incendiar el corazón del joven que los veía receloso.
Quizá todo empezó el día que cachó a sus padres teniéndo sexo. No entendía que pasaba y pensó que era un juego para adultos. Escodido en el marco de la puerta escuchó los gimoteos de la pareja que se entregaba en cuerpo -el alma nunca fue parte del acto- y se excitó sin saber por qué su miembro crecía.
Avergonzado, no por espiar, sino por sentir algo de placer, trató de ocultar su erección doblando su pene. Sólo logró calentarse más. Eso, más los gritos y roces que salían de la habitación, fueron necesarios para saber que quería disfrutar de esa lucha que sus padres tan alegres sostenían.
La inocencia de los niños siempre es bien apreciada. Pero los infantes son más bien malévolos con cara de santos. Laura lo invitó a su casa y jugaron al doctor.
Él recostado sobre un diván, nervioso con las manos sudorosas y ella, con una bata de laboratoio que le quedaba grande le decía:
-¿Y si le tocó aquí le duele?-, mientras acariciaba la corva de la pierna derecha.
-No mucho-, contestaba él, nervioso, deseoso de sentir el contacto de ella aunque no supiera qué hacer cuando lo sintiera.
-Aquí tiene un bulto Don Federico-, aseguro la pequeña doctora, señalando con un estetoscopio de juguete el paquete que se hacía justo debajo el cierre, que parecía a punto de estallar. -Creo que lo revisaré-, aseguró lo lolita de seis años con la curiosidad natural de los niños, pero con el ingenio de un adulto que sabe lo quiere.
Federico ya no sabía ni qué hacer. Moría por sentir una caricia, saber que podía tener su propia lucha libre con todo y gemidos.
Pero le ganó el miedo.
-Yo creo que no doctora, se puede espantar. Dijo con la voz entrecortada.
Ella lo palpó por encima el pantalón gris oxford del uniforme escolar. Ambos sintieron placer.
Cuando él regresó a casa pensó en la situación, entre otras cosas se llamó cobarde, pero a la vez inocente, él que iba a saber, pero se excitó de nueva cuenta.
Él la amaba. Ello lo deseaba como un juguete, sólo eso, un juguete.

miércoles, septiembre 24

En un año

En los últimos 365 días he viajado más veces que en toda mi vida. Fui a Acapulco, por trabajo, por lo menos 17 veces. Una por placer. Cubrí un total de 19 bodas, una de ellas fue portada, mi primer portada, a dos semanas de haber comenzado.
Me hice experto en equitación y polo, la cobertura del mundial del deporte ecuestre ha sido de las que más disfruté.
Viajé a Cancún, estuve en Tequisquiapan, Querétaro, Cuernavaca, Valle de Bravo, Acapulco. Acapulco. Acapulco.
Fui a Nueva York, -la ciudad de hierro, diría Trino- por cuatro días a cambio de tres horas de trabajo. Estuve en Brasil en un hotel GT con goteras en mi habitación y tormenta tropicial durante toda mi estadia.
Durante el último año tuve cuatro coches, uno ya venía tocado de la dirección, el que siguió lo vendí por caprichudo; heriberto, alias el inmamóvil, se fue tan rápido como llegó y el 'chadou' ni lo uso por que gasta mucha gas.
Me cambié de casa en dos ocasiones, descubrí que la soledad es buena, pero no para un ermitaño. Me mudé con mi hermano.
Empecé una relación. No la empecé, nomás dio otro paso y ahora resulta que nos iremos a vivir juntos. Eso del menage suena interesante. Hubo por ahí una disonante y discordia con una fémina, pero fue algo pasajero.
Me convertí en un insecto comporativo a los dos meses y medio, parte de la silvestre fauna que se encuentra en la fortaleza que está junto al Sport de Universidad.
Me enamoré.
Obtuve un ascenso a los nueve meses de mi llegada. Bueno, provoqué el crecimiento con un legrado de renuncia, de lo mejores blufs de mi vida. Shh. No digan nada.
Sufrí una enfermedad que cambió mi vida: envejecimiento espontáneo. Desconocida para muchos, pero lastímera como ella sola. En la receta médica que aún conservo dice: "modificaciones al estilo de vida". Me despedí del alcohol, la carne, los tacos, quesadillas, tacos, tacos, tortas con buen relleno y los tacos. Todo lo bueno que, sin embargo, me mata o me engorda, aún no puedo quedar embarazado. Me muero sin eso.
Bajé muchos kilos. Me salieron más arrugas. Se me endurecieron más las facciones, tengo un par de tics nerviosos provocados por el estrés pero que regulo con vitamina c, y descanso lo viernes y sábados. Casi la gloria.
Todo esto desde el 24 de septiembre del 2007, cuando entré a Reforma.
Saldo positivo: estoy enamorado.

lunes, septiembre 15

Tic tac

Siempre he considerado que el tiempo sólo pasa y es lo mejor que sabe hacer. Quizá es lo único que sabe hacer. Sin embargo, el tiempo es una limitante de nuestra dimensión. ¿Cómo sería en otras dimensiones? En la que sigue tal vez no haya relojes y el día da lo mismo que la noche, dormir no es necesario y ser puntuales es poco importante. Eso sería genial en nuestro espacio-tiempo.
Pero, a pesar de vivir contabilizados por el tiempo, sigue siendo bastante ambiguo su uso. Por ejemplo, México es una nación relativamente joven, tiene nomás 198 años de ser independiente, mientras que yo, a mis escasos 25, me he ganado el título de señor y dicen que me estoy haciendo viejo.
Matusalem vivió casi 400 años, o 200... lo que sea, pero fue mucho tiempo, aunque comparándolo con la historia de la vida, no es tanto. Es más, la historia se cuenta del nacimiento del Cristo. Llevamos 2008 años mientras que el primer hombre aparecio hace no se cuantos millones de años, entonces siendo civilizados "llevamos poco tiempo".
Aquello de que en el espacio infinito universal que rodea la Tierra el tiempo no existe pudiera ser real, pero sigo sin entender cuál es la diferencia entre aquí abajo y todo lo que nos rodea.
Cumplo con trabajar más de ocho horas al día. Leo cinco horas a la semana, estudié -más bien estuve en la escuela- un aproximado de 96 mil horas y hasta este momento he vivido 9 mil 282 días, lo que se traduce en 13 millones 660 mil 80 horas.
Tampoco me queda claro el por qué cuando estamos aburridos, el tiempo es tan tan tan lento y cuando queremos disfrutarlo más, todo se apresura. Maldito timing.
No entiendo entonces el por qué de las prisas, de los horarios ni de los tiempos. De cualquier manera, cuando nos muramos, el tiempo seguirá pasando sin inmutarse. De hecho lo hace aún cuando seguimos vivos.
Me purga que sean impuntuales.