Si los juntamos, el común denominador es joder a los civiles argumentando un bien mayor. Lindo, lindo, lindo.
Sin embargo, no hay que ir tan lejos, muchas empresas y compañías aplican las mismas "políticas" por ese deseo de superación y permanencia: la sustentabilidad del negocio. Para lograrlo, convierten a los empleados en perros de Pavlov... bueno, humanos tratados como perros condicionados por reflejos exteriores, algunos les llaman castigos, otros escarmientos, pero al final, todo gira en torno a lo mismo: miedo.
Aunque aquí no suena la campanita para hacer babear a los empleados, está la constante y lasciva tendencia del terrorismo psicológico, el temor a perder el trabajo dadas las circunstancias, a darle mayor importancia a la cantidad en vez de la calidad y la reunión de ambas como tristes patadas de ahogado pa' ver que sale mejor.
La enciclopedia existencial que llevo dice que en el trabajo, las políticas del terror consisten en mantener gacha la cabeza, no preguntar, no comentar, no decir y aguantarse so pena de quedarse sin trabajo en un medio que defiende la libertad de expresión.
Cínicos, sí; funcionales, también. ¿Irónico? ni qué decir.