miércoles, agosto 19

Hombres ¿malos?

J jura y perjura que los hombres son malos por naturaleza, y no es la única, a sus hordas se unen grandes cantidades de féminas que, aunque dicen confiar en el hombre, siempre están dubitativas de su estado. Ellas dicen hombres malos, yo digo, hombres incomprendidos. 

Somos malos porque no las tratamos bien, no somos caballerosos, una vez que conseguimos lo que queremos (sexo, según ellas) las olvidamos y seguimos adelante. Nos catalogan de arteros porque no doblamos las manitas cuando nos lo piden, porque defendemos los días de salidas con nuestros amigos y por nuestro simple y llano derecho a la libertad. Y podría continuar, pero creo que todos y todas conocemos los constantes reclamos que nos hacen ser 'malos'.

Malos, malos, lo que se dice malos, no. Incomprendidos, sí. 

Sé que dirán que no, pero ahí les va la realidad de las cosas. Aunque el homo sapiens es un animal sexual (eso las incluye) y es uno de los grandes placeres de nuestra existencia, no lo es todo para la virilidad. Los complejos de tamaño quedan excluidos por el momento. Al hombre, macho alfa, ejemplo de virilidad o panzón enano, le gusta sentirte deseado por su pareja pero a la vez, libre. Le gustan las cosas prácticas, sencillas y claras. Y sí, todo esto comúnmente se malinterpreta, por ende, somos incomprendidos. 

Nota al pie: Las mujeres también dicen ser incomprendidas... y los hombres las tachamos de malas.

viernes, agosto 14

En las rocas

Sirvió otro vaso de Jack Daniel’s y, mientras probaba el amargo dulzón de su bourbon, pensó que ya era demasiado, que había tocado fondo. Sin embargo, tocar fondo es un concepto bastante ambiguo, quien lo ha tocado, cuenta su experiencia a sabiendas de que siempre se puede caer un un poco más, pero eso, ya no lo dice, sus caídas son personales, aunque todos lo sepan.

La primer vez que uno toca fondo es con los pies, siente el piso, su propio abismo y con esto se impulsa para salir, se agarra de algo para hacer soporte y se eleva, como que no quiere la cosa, para estar en su mundo de nubes otra vez. La siguiente vez la caída es de rodillas, hincado se reza por convertir la tortura en una camino de éxito, en una experiencia más o una raya más al tigre. A partir de ese momento, las caídas son cada vez con más extremidades, a cuatro patas, apoyado con los codos, hasta que se saborea el polvo que invade nuestras fauces incapaces de gritar. El fondo es el mismo, pero la presión que uno se autoimpone hace que sostenerse en piernas sea insoportable. Hacen falta agallas.

Era el quinto trago de su bebida esa noche y desde el primero sintió miedo. En la penumbra del estudio sabía que se había excedido desde la primer vez que sintió gota de alcohol en su boca, el sólo hecho de percibir cómo el líquido fluía por su cuerpo. Pero como casi todas las primeras veces, la experiencia sensorial opaca la razón y se dejó llevar por todos y cada uno de los tragos que le llenaban la sangre.

-Ya fue suficiente-, se dijo. A duras penas sabía en qué día vivía y, según su récord personal, rondaba entre los 32 y 33 años. No estaba seguro del tiempo que había transcurrido pero se sentía entretenido de saber que ya había librado los insoportables veintes a los que la gente tanto le apuesta para “ser alguien” y ahora, en sus primeros pasos en esta nueva década, la gente ya lo daba por causa perdida. Y le gustaba.

“Soy un hombre común, que ha hecho y deshecho lo que le ha venido en gana. Tengo amigos, sexo y un trabajo”, se repetía constantemente. Entre sus amigos gozaba de cierto estatus de borracho, vividor y aventurero, aunque él prefería verse y sentirse como un simple y llano humano, víctima de sí mismo, ausente de sus pensamientos y un romántico empedernido de enfrentarse contra todo lo que se le pudiera poner enfrente.

-Ya fue suficiente-, se dijo. Y se sirvió otro whisky para matar el tiempo. 

miércoles, agosto 5

Características laborales

Cuando niño, mi mamá me consiguió un trabajo en la vinatería de la esquina -de ahí creo que vienen mis problemas con el vino-, ganaba 15 pesos por día trabajado y me servía incluso para patrocinarle los cigarros a mi madre. 
Luego, por necesidad, me convertí en chef de hamburguesas y jochos al carbón en Chez Vic, el localito que mi sacrosanta puso. Después me hice florista en el mismo local que bautizamos, haciendo acopio de nuestra creatividad, como Flores Heymann; nos fue bien por un rato, vendíamos, comprábamos y hacíamos arreglos. 
La primer vez que busque trabajo, no lo busqué, me lo buscaron pues decían que no podía estar de huevón un año por lo que empecé repartiendo volantes y propaganda en Periférico e Insurgentes. Al día siguiente me ascendieron a supervisor de volanteros y a los dos días, mostrando mi verdadera naturaleza aseguré que mi tiempo valía más que 500 pesos a la semana y entonces me hice achichincle en una agencia de publicidad.
Total que para mi siguiente trabajo fui orillado por Z para hacer algo de mi vida y me convertí en asistente editorial de M. La entrevista fue rápida, yo de traje dije que quería escribir y que eso me gustaba. Me quedé por el tiempo que un bebé tarda en gestarse. 
Desde entonces, intento no vestirme de traje para una entrevista y ser más casual.
Mi querida T escribe y escribe notas de cómo sorprender al contratista, hacer un CV adecuado y lo que no se debe hacer durante las entrevistas... y ahí me tienen, no haciéndole caso, pero me ha funcionado: desaliñado, restándole importancia, diciendo la verdad de mis salidas y siendo más bien sarcástico de la situación. 
Y pasa que si me presento de jeans y camisa desfajada, me dicen desafiante; si contesto altivo y soberbio, dicen que tengo problemas con la autoridad y, si me enfoco en los resultados resulta que soy excesivamente sintético y práctico. ¿Quién entiende? 

El cinismo y mi natural naturaleza de llevar la contra, me ha dejado nuevas características que no sé si deba incluirlas en mi siguiente CV, pero que hasta la fecha, por excéntricas me han resultado positivas. 

miércoles, julio 29

Memorias del veneno IX

Federico conoció el amor de la forma menos dulce, lo conoció con la tragedia, el dolor y lágrimas. Descubrió que estar enamorado del amor era más conveniente que de la persona. Sus ires y venires estaban llenos de romanticismo puro, de pasión fulmimante y cariño, pero sólo para el amor.
M había sido su catalizador, su había sido su primer amor hasta que le mostró el otro lado del sentimiento. No sólo de las mariposas en el estómago sino de las dagas enterradas y de las heridas que se mantenían abiertas. El amor, ese veneno que se funde con la pasión eran una enfermedad que nunca podría dejar ir, de la que nunca se curaría, pero que sabía condonarla con abrazos ligeros, noches de ajetreo y caricias sin priomesas.
Con M había descubierto la panacea de las relaciones amorosas: no se trataba de estar siempre ni tampoco de vivir felices para siempre. Ellos, decían, estaban juntos sin estarlo, se amaban sin hacerlo, su amor vivía de la histeria ausente, del siguiente encuentro y, por eso, eran víctimas de su propio veneno. Habían seguido con sus vidas, tenían el amor de otros en sus manos y amaban sentirse enamorados. Su acuerdo era conveniente. Y frío.

No habían hecho el amor en mucho tiempo. La amistad prevalecía, los besos robados jugaban el papel de mantener el acuerdo eterno. La prudencia gobernaba casi todos las noches de apuestas perdidas, pero hacía falta recuperar el sabor, sentir la asfixia, opacar el dolor, aventurarse en el riesgo, deseaban recordar las razones que los habían unido pero que al final preferían mantener por separado: el amor.

-Quiero hacerte el amor, dijo ella un cuanto dubitativa pero con la seguridad de la respuesta afirmativa. Y lo que sucedió fue inmediato, se acostaron a oscuras. Él quería prender la luz, pero no lo dijo.

Tomaron un paliativo para esconder la culpa de la traición y se fundieron. Se separaron.

-Es sólo un juego-, aseguró M.
-Lo sé-, contestó Federico. -Siempre lo ha sido-, pensó él.

lunes, julio 27

Historias

La gente vive de historia mientras hace la suya. Fuera de las clases naturales en la escuela que sirven para culturalizar, de los aprendizajes que supuestamente tenemos del pasado, el hombre vive de lo que ha vivido, inhala de los momentos de grandeza que tuvo en el pasado. De añorar sus sonrisas.
Coleccionamos momentos para relatarlos después. Para dar un respiro de la cotidianeidad, recordar lo que nos mantenía juntos, por lo que nos fuimos, por lo que queremos ese momento de regreso. Por el simple hecho no olvidar.
Nadie quiere recordar los momentos malos, sin embargo ahí están también para hacernos recordar. A veces para manifestar el dolor no superado, otras veces para entender las razones de lo que somos, pero en verdad el recuerdo de la historia nunca se va. Podríamos decir que olvidamos, pero la realidad es que sólo se oculta. Dicen que la gente no muere hasta que la olvidan, y a veces es la única forma de protegerse. 
La ausencia es, irónicamente, presente. Tiene sabores, los olores nos transportan y los colores vibran en la cornea imaginaria al recordar cuando revivimos. 

Ella quedó con su historia. Yo continúo con la mía, quedan pendiente las letras que debo unir para que Victoria no se olvide.