Socorro, aunque le gustaba que le dijeran Socorrito, era una señora de edad avanzada, una mujer de esas que los niños temen por tener la cara llena de arrugas, las manos aún más zurcadas y usar ropa gastada con olor a naftalina. Para ennervar más aún a sus visitas, la solitaria mujer vivía en una casa 'embrujada' sobre Eugenia, cerca de San Borja. Las paredes de la fachada alguna vez fueron beiges pero en aquellos tiempo, finales de los 80, el sol había robado la claridad para dejar una tonalidad café clara-sucia-no-me-interesa-arreglar-mi-casa, los muros estaban carcomidos por la humedad, el piso de la entrada estaba levantado y las yerbas que crecían como jardín estaban descuidadas, muy crecidas y le daban a la casa una visión mucho más tétricas. Por si fuera poco, Socorrito tenía infinidad de gatos que hacían de la atmósfera interior de su casa una zona pestilente, chillante y casi intolerable. En la sala de estar -nunca conocí más de eso- había un piano negro de estudio debajo de una ventana que daba al eje vial.
La sala era de esas sacadas de películas antiguas, roída por las uñas de los gatos con un estampado atípico y olía a polvo. Socorro no era muy alta pero si rolliza, tenía una de esas risas que aturden por parecer que el ser humano se está ahogando mientras trata de sacar de su ser una carraspera terrible. Ella era mi maestra de piano, la primera, la más terrible.
Sigo sin saber cómo llegué a formar parte de la lista de 'alumnos' de la susodicha mujer, pero sé que durante casi 4 años, es probable que muchos más, los miércoles tenía que ir a sentarme al duro asiento negro, frente a un piano marca patito a tocar "Adelita tenía un cordero" y quién sabe qué tanta cosa más ad hoc a un infante como yo. Además, tenía que tocar las escalas con doble vuelta, practicar con ejercicios de no sé quién y tocar mis piezas diariamente. Todo estaba bien de jueves a martes, lo disfrutaba y me sentía el concertista joven más chingón del mundo, pero llegaba el fatídico día de clase y la visita al domicilio de aquella señora me paralizaba -o al menos así lo recuerdo- y siempre había regaños, gritos y frustraciones de su parte.
Un día simplemente ella no pudo más y le escribió a mi madre una misiva explicándole sus razones para abandonarme como alumno (muy a la vieja usanza). La principal era que yo era un caso perdido, así tal cual -me lo ha dicho tantísimas veces a lo largo de im vida. Que tenía talento para el piano, pero que era un perezoso que no me esforzaba más -otro argumento familiar-, y que ella no seguría perdiendo sus nervios por mi culpa. Renunció. Además, tuvo la delicadeza de decirle a mi madre que viera lo mediocre que su hijo era al escribirle algo así como: "si tu hijo estudiara en el conservatorio, con los avances que tiene, se estaría graduando a los 28 años". Tal vez sí, tenía razón, pero a mi tempo ha resultado bastante satisfactoria esta aventura.
Y ha sido por puro gusto. Creo que me podría pregraduar con esto.
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