Los periodistas son los seres más egocentristas que han habitado la tierra. Me incluyo entre ellos. Quizá vengan poco después de celebridades que han saltado a la fama gracias a sus videoescándalos pero seguro superan el ego de cualquier mirrrey. O un emperador, en su defecto, por ser realistas.
Salen de la escuela presumiendo el texto que les fue publicado en la gaceta estudiantil, con mucho éxito alguna colaboración en la revista hiptser, con onda, del momento. Con ello se creen el siguiente premio nacional de periodismo. El Pulitzer es pecata minuta para ellos. Actualmente, los periodistas quieren "dejar algo con cada uno de sus textos a sus lectores". Ni ellos -ni yo- sabemos qué es ese algo, pero lo quieren dejar y que su nombre empiece a sonar. Pero es que no somos cascabeles para sonar. Muchos menos ambulancias. Somos textoservidores. Así de simple.
Pero es que en ese ejercicio de publicaciones, de sonar, de llamar la atención, de transformar el mundo, lo que más pelean los periodistas es que su nombre se lea y nomás no entiendo el por qué. ¿De qué les servirá hacer un portafolio con las miles de millones de páginas que ya escribieron? ¿Todas ella son igual de relevantes?
Conozco un periodista de la vieja guardia, edita y escribe una revista casi completa. Su nombre aparece en los créditos y en sus notas -breves en su mayoría- debe aparecer su nombre. Esto es que de una revista quincenal con 8 artículos y 16 notitas su nombre aparece en 5 artículos y 18 notitas (sólo por no dejar) además de la mención en el directorio, como editor.
Pero un periodista joven quiere exactamente lo mismo, aunque no sea editor, pero en cada cosa escribe, por mínima que sea, quiere ver su nombre. Incluso si le "aplicó la reingeniería editorial" a una nota fusilada de otro lado, se la firma. Notas que quizá no son leídas, no pasan a la posteridad y no ocupan un espacio significativo en la red. En mis tiempos de asistente editorial o reportero, no te firmabas una nota hasta que demostrabas que podías. Y podían pasar meses, incluso años, para que eso sucediera.
Recapitulando mi historia, antes de ser editor fui reportero. Previo fui asistente editorial. Mucho antes de eso me creía el siguiente best seller del NY Times. Mi nota más famosa, la que me "lanzó al estrellato" fue una que todo mundo obtuvo... 15 minutos después de mí. Me di cuenta que "El Chapo" había entrado a la lista de Forbes de los más ricos del mundo. Tuve mis 10 minutos de fama, literal. Y lo irónico... yo no quería firmarme la nota porque era información de Forbes.
Quizá de ahí viene el ego de firmar cada página, nunca sabes qué nota pegará.
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