jueves, septiembre 3
del orgullo, su eufemismo
martes, septiembre 1
el bar de confianza
miércoles, agosto 19
Hombres ¿malos?
viernes, agosto 14
En las rocas
Sirvió otro vaso de Jack Daniel’s y, mientras probaba el amargo dulzón de su bourbon, pensó que ya era demasiado, que había tocado fondo. Sin embargo, tocar fondo es un concepto bastante ambiguo, quien lo ha tocado, cuenta su experiencia a sabiendas de que siempre se puede caer un un poco más, pero eso, ya no lo dice, sus caídas son personales, aunque todos lo sepan.
La primer vez que uno toca fondo es con los pies, siente el piso, su propio abismo y con esto se impulsa para salir, se agarra de algo para hacer soporte y se eleva, como que no quiere la cosa, para estar en su mundo de nubes otra vez. La siguiente vez la caída es de rodillas, hincado se reza por convertir la tortura en una camino de éxito, en una experiencia más o una raya más al tigre. A partir de ese momento, las caídas son cada vez con más extremidades, a cuatro patas, apoyado con los codos, hasta que se saborea el polvo que invade nuestras fauces incapaces de gritar. El fondo es el mismo, pero la presión que uno se autoimpone hace que sostenerse en piernas sea insoportable. Hacen falta agallas.
Era el quinto trago de su bebida esa noche y desde el primero sintió miedo. En la penumbra del estudio sabía que se había excedido desde la primer vez que sintió gota de alcohol en su boca, el sólo hecho de percibir cómo el líquido fluía por su cuerpo. Pero como casi todas las primeras veces, la experiencia sensorial opaca la razón y se dejó llevar por todos y cada uno de los tragos que le llenaban la sangre.
-Ya fue suficiente-, se dijo. A duras penas sabía en qué día vivía y, según su récord personal, rondaba entre los 32 y 33 años. No estaba seguro del tiempo que había transcurrido pero se sentía entretenido de saber que ya había librado los insoportables veintes a los que la gente tanto le apuesta para “ser alguien” y ahora, en sus primeros pasos en esta nueva década, la gente ya lo daba por causa perdida. Y le gustaba.
“Soy un hombre común, que ha hecho y deshecho lo que le ha venido en gana. Tengo amigos, sexo y un trabajo”, se repetía constantemente. Entre sus amigos gozaba de cierto estatus de borracho, vividor y aventurero, aunque él prefería verse y sentirse como un simple y llano humano, víctima de sí mismo, ausente de sus pensamientos y un romántico empedernido de enfrentarse contra todo lo que se le pudiera poner enfrente.
-Ya fue suficiente-, se dijo. Y se sirvió otro whisky para matar el tiempo.