jueves, septiembre 3

del orgullo, su eufemismo

Me gustaría poder escribir algo como 'Orgullo y Prejuicio', de Jane Austen, pero en realidad sólo tengo que hablar del orgullo, aunque es curioso como ambas situaciones se imponen la una ante la otra. 

Según el señor Wikipedia (término acuñado por el Chiquis) orgullo y soberbia van de la mano, de hecho podrían significar casi lo mismo. Para la RAE el orgullo radica en la insensatez de no aceptar lo que se debe aceptar, algo así como un exceso de vanidad propia; mientras que la soberbia va de la mano con el apetito personal menospreciando a terceros. A fin de cuentas se trata de eufemismos. Mi defecto según los test de Facebook es el orgullo, acorde a mi terapeuta, es la soberbia. Vamos sobre lo mismo. 

La vanidad propia me han hecho hacer de mí un silogismo perfecto, una lógica imperfecta basada en la subjetividad partiendo de la necesidad de superarme con respecto a los demás. La soberbia me ha inclinado a siempre creer que soy más de lo estimado, a valer más de lo que cuesto, a ver por encima del hombro, a pensar que valgo lo que me digo que estimo. No lo niego, pero también tengo que aprender un poco de la tierra y sus virtudes... de humildad.

El momento actual me presenta una oportunidad que en el pasado me dio vida y un despegue adecuado. Sin embargo, el orgullo, que aprendo a tragarlo, se antepone a mi simple y vaga necesidad de vivir. Por otra parte, la soberbia me hace saberme lo que soy con unas cuantas flores que están de más en el adorno. Mientras que mi sumisión me regala una ventana, el orgullo crecerá de otras personas y caemos en la misma cuenta de siempre. La humildad de uno compra la soberbia en otro.

Soy soberbio. Llámame orgulloso. 

Soy un sujeto, con verbo circunstancial, intentado dejar de lado la adjetivación.

martes, septiembre 1

el bar de confianza

Seguramente los amantes de la noche y del buen beber tienen un bar de confianza en el cual desahogar sus penas, un rincón en el cual fraguar futuros, compartir con amigos, develar misterios y siempre ser atendidos a bien. 

El bar de confianza se caracteriza por estar siempre en el mismo lugar, con la misma gente y con buenas relaciones con los meseros, cantineros y, por qué no, con el dueño y demás adeptos culturales. En mi caso, el bar de confianza siempre ha estado lo suficientemente cerca para poderme regresar a rastras -cosa que nunca ha sucedido, pero he estado cerca. 

Desde hace casi tres años, los manteles han cambiado una sola vez de tono y siempre han mantenido ese sabor de trattoria italiana en los cubremesas con un ligero toque de kilt escocés corriente. Queen, the Beatles, El Padrino y James Dean son los testigos de todas y cada una de las veces que el bar de confianza me ha abierto las puertas para liberar mis penurias, festejar cumpleaños, coquetear al aire libre y saborear la embriaguez de mis excesos. 

Si las paredes de ese lugar pudieran hablar seguramente dirían que... no sé que tanto dirían, pero me conocen en casi todas mi facetas, desde el sobrio cumplidor que toma limonadas hasta el briago más feliz que canta y baila Rasputín poco antes de clarear. Quizá contarían cómo me hice de amigos nuevos y reencontré a los viejos, comentarían de las despedidas que se fraguaron en un precopeo o de la necesidad de sus bajos precios a la que acudo. Es probable que haya bebido más de 5 veces del mismo vaso en ese tiempo, que haya consumido incontables (mili) litros de alcohol y que me haya enfrentado por primera vez en años a mi padre.

Ese minúsculo recinto de libertad se ha cobrado infinidad de quincenas propias y ajenas, ha atestiguado enemil circunstancias jocosas, lamentables y envidiables. En la mayoría de las veces me ha visto fundirme en un largo vaso de Jack con Coca en la siempre bienvenida compañía de mis falanges, aunque he de decir prefería los vasos cocteleros a los plásticos que hoy usan. 

En principio de cuentas llega el cervezco frío, radiante y lleno que se agota con el paso de las palabras, para después ofrecerse íntegro en un húmedo y largo trago de compañía. En festejos únicos, caballitos de un licor negro con apodo alemán se vierten con bebidas vigorizantes, o de mezcal con la misma pureza de un shoot azul para acabar con la sensibilidad de las manos en una ráfaga con llamas multicolor.

Tres trabajos han pasado por ahí, grandes historias de amistad, amor y desafío se han consolidado entre sus paredes, besos furtivos en algunos rincones, caricias ocultas entre los manteles... pero eso sólo es lo que yo he visto, en el bar de confianza.

Ya saben cuál, es mi bar de confianza.

miércoles, agosto 19

Hombres ¿malos?

J jura y perjura que los hombres son malos por naturaleza, y no es la única, a sus hordas se unen grandes cantidades de féminas que, aunque dicen confiar en el hombre, siempre están dubitativas de su estado. Ellas dicen hombres malos, yo digo, hombres incomprendidos. 

Somos malos porque no las tratamos bien, no somos caballerosos, una vez que conseguimos lo que queremos (sexo, según ellas) las olvidamos y seguimos adelante. Nos catalogan de arteros porque no doblamos las manitas cuando nos lo piden, porque defendemos los días de salidas con nuestros amigos y por nuestro simple y llano derecho a la libertad. Y podría continuar, pero creo que todos y todas conocemos los constantes reclamos que nos hacen ser 'malos'.

Malos, malos, lo que se dice malos, no. Incomprendidos, sí. 

Sé que dirán que no, pero ahí les va la realidad de las cosas. Aunque el homo sapiens es un animal sexual (eso las incluye) y es uno de los grandes placeres de nuestra existencia, no lo es todo para la virilidad. Los complejos de tamaño quedan excluidos por el momento. Al hombre, macho alfa, ejemplo de virilidad o panzón enano, le gusta sentirte deseado por su pareja pero a la vez, libre. Le gustan las cosas prácticas, sencillas y claras. Y sí, todo esto comúnmente se malinterpreta, por ende, somos incomprendidos. 

Nota al pie: Las mujeres también dicen ser incomprendidas... y los hombres las tachamos de malas.

viernes, agosto 14

En las rocas

Sirvió otro vaso de Jack Daniel’s y, mientras probaba el amargo dulzón de su bourbon, pensó que ya era demasiado, que había tocado fondo. Sin embargo, tocar fondo es un concepto bastante ambiguo, quien lo ha tocado, cuenta su experiencia a sabiendas de que siempre se puede caer un un poco más, pero eso, ya no lo dice, sus caídas son personales, aunque todos lo sepan.

La primer vez que uno toca fondo es con los pies, siente el piso, su propio abismo y con esto se impulsa para salir, se agarra de algo para hacer soporte y se eleva, como que no quiere la cosa, para estar en su mundo de nubes otra vez. La siguiente vez la caída es de rodillas, hincado se reza por convertir la tortura en una camino de éxito, en una experiencia más o una raya más al tigre. A partir de ese momento, las caídas son cada vez con más extremidades, a cuatro patas, apoyado con los codos, hasta que se saborea el polvo que invade nuestras fauces incapaces de gritar. El fondo es el mismo, pero la presión que uno se autoimpone hace que sostenerse en piernas sea insoportable. Hacen falta agallas.

Era el quinto trago de su bebida esa noche y desde el primero sintió miedo. En la penumbra del estudio sabía que se había excedido desde la primer vez que sintió gota de alcohol en su boca, el sólo hecho de percibir cómo el líquido fluía por su cuerpo. Pero como casi todas las primeras veces, la experiencia sensorial opaca la razón y se dejó llevar por todos y cada uno de los tragos que le llenaban la sangre.

-Ya fue suficiente-, se dijo. A duras penas sabía en qué día vivía y, según su récord personal, rondaba entre los 32 y 33 años. No estaba seguro del tiempo que había transcurrido pero se sentía entretenido de saber que ya había librado los insoportables veintes a los que la gente tanto le apuesta para “ser alguien” y ahora, en sus primeros pasos en esta nueva década, la gente ya lo daba por causa perdida. Y le gustaba.

“Soy un hombre común, que ha hecho y deshecho lo que le ha venido en gana. Tengo amigos, sexo y un trabajo”, se repetía constantemente. Entre sus amigos gozaba de cierto estatus de borracho, vividor y aventurero, aunque él prefería verse y sentirse como un simple y llano humano, víctima de sí mismo, ausente de sus pensamientos y un romántico empedernido de enfrentarse contra todo lo que se le pudiera poner enfrente.

-Ya fue suficiente-, se dijo. Y se sirvió otro whisky para matar el tiempo. 

miércoles, agosto 5

Características laborales

Cuando niño, mi mamá me consiguió un trabajo en la vinatería de la esquina -de ahí creo que vienen mis problemas con el vino-, ganaba 15 pesos por día trabajado y me servía incluso para patrocinarle los cigarros a mi madre. 
Luego, por necesidad, me convertí en chef de hamburguesas y jochos al carbón en Chez Vic, el localito que mi sacrosanta puso. Después me hice florista en el mismo local que bautizamos, haciendo acopio de nuestra creatividad, como Flores Heymann; nos fue bien por un rato, vendíamos, comprábamos y hacíamos arreglos. 
La primer vez que busque trabajo, no lo busqué, me lo buscaron pues decían que no podía estar de huevón un año por lo que empecé repartiendo volantes y propaganda en Periférico e Insurgentes. Al día siguiente me ascendieron a supervisor de volanteros y a los dos días, mostrando mi verdadera naturaleza aseguré que mi tiempo valía más que 500 pesos a la semana y entonces me hice achichincle en una agencia de publicidad.
Total que para mi siguiente trabajo fui orillado por Z para hacer algo de mi vida y me convertí en asistente editorial de M. La entrevista fue rápida, yo de traje dije que quería escribir y que eso me gustaba. Me quedé por el tiempo que un bebé tarda en gestarse. 
Desde entonces, intento no vestirme de traje para una entrevista y ser más casual.
Mi querida T escribe y escribe notas de cómo sorprender al contratista, hacer un CV adecuado y lo que no se debe hacer durante las entrevistas... y ahí me tienen, no haciéndole caso, pero me ha funcionado: desaliñado, restándole importancia, diciendo la verdad de mis salidas y siendo más bien sarcástico de la situación. 
Y pasa que si me presento de jeans y camisa desfajada, me dicen desafiante; si contesto altivo y soberbio, dicen que tengo problemas con la autoridad y, si me enfoco en los resultados resulta que soy excesivamente sintético y práctico. ¿Quién entiende? 

El cinismo y mi natural naturaleza de llevar la contra, me ha dejado nuevas características que no sé si deba incluirlas en mi siguiente CV, pero que hasta la fecha, por excéntricas me han resultado positivas.