Tenía dinero. Era rico. Importante y poderoso. Bueno, eso
creía Iván. La verdad es que en un golpe de gracia había ganado la lotería
local por 25 mil pesos que, en sus tiempo de juventud, si era una suma
considerable. Con esa ganancia, Iván Torcuato Gómez Illundain había pasado de
ser un borracho de pulquería con oficio de vividor y obrero a ser un reconocido
empresario fiestero y despilfarrador. Eufemismos de los buitres.
Iván fue el último nombre con el que se conoció luego de
haber recibido una inmerecida fortuna. Torcuato era el nombre del pasado, el
sucio, el que se embriaga de domingo a sábado y descansaba a media noche entre
los días de descanso envuelto en lágrimas y promesas de no tomar otra vez. Y su
vómito lo acompañaba.
Torcuato había nacido un miércoles o jueves. Nunca lo
registraron adecuadamente, así que su abuela, quién lo crió luego de que su
padre huyera y su hija –la mamacita de Torcua– falleciera al dar a luz a
treceavo bastardito, optó por celebrarlo cada tercer viernes de octubre. Para
cuando Torcuato se vio en la necesidad de convertirse en Don Iván Gómez
Illundain y Pérez Borgia se registró a billetazos para haber nacido el 6 de
junio de 1936.
La infancia del niño fue como cualquier otra infancia: se
revolcaba en el lodo, las ramas eran sus espadas y tenía un terrible odio por
sus hermanos mayores que abusaban de él y él molestaba, golpeaba y sometía a
los dos menores para demostrar su poder.
No vale la pena ahondar en detalles sobre sus hermanos, en
realidad medios hermanos, pues lo único que los unía era la sangre materna y la
esporádica protección de un hermano mayor. La gran mayoría fueron vendidos como
casi esclavos para haciendas, rancherías y mercados de pueblos aledaños entre
los 9 y 10 años de edad, menos Torcuato. El día que pretendían venderlo escapo
de la casa y volvió cuatro días más tarde con 15 monedas, dos gallinas y un
marrano para la abuela. La señora vio en él ‘al hombre de la casa’ que podía
robar a los clientes de la casa de citas que la abuela regenteaba y de la cual
su hija había sido una de las meretrices más querida.
Iván Torcuato tuvo que madurar rápidamente. Ya no podía solo
jugar, era momento de invitar a los pestilentes y sucios obreros a gastar su
raya con las mujeres que ofrecían sus servicios. Todas ellas, parientas cercanas
de la abue. Además, les ofrecía bebidas refrescantes y adulteradas, míticas
mezclas afrodisíacas para durar más en las artes amatorias y, luego del cortejo
y coito comúnmente corto, hurgar en sus bolsillos tirados por monedas,
baratijas y otros artilugios de interés mundano.
En una ocasión, luego de que el cliente frecuente del mes,
un recién ascendido capataz del pueblo de Santo Domingo Actipan, quedó
indigesto de lujuria, Torcuato investigó en sus bolsillos sin mucho éxito para
el tradicional botín, sin embargo, del cinturón de mecate del cliente obtuvo un
revolver aburrido, medio oxidado y que servía más para espantar que para
disparar.
La curiosidad lo invadió inmediatamente y mientras jugaba
con el arma y probó con el duro y atascado gatillo, una bala salió disparada e
impacto a escasos tres centímetros de la cabeza del ebrio capataz. Su condición
lo hizo balbucear pero se rindió a los encantos del abuso del alcohol y cayó en
sueño profundo, otra vez. Mientras
Torcuato paralizado de miedo veía la escena con la pistola en sus manos decidió
regresar el juguete a su dueño y esperar a la siguiente ocasión para poder
hacerlo suyo.
