martes, julio 17

Quebrado I


Tenía dinero. Era rico. Importante y poderoso. Bueno, eso creía Iván. La verdad es que en un golpe de gracia había ganado la lotería local por 25 mil pesos que, en sus tiempo de juventud, si era una suma considerable. Con esa ganancia, Iván Torcuato Gómez Illundain había pasado de ser un borracho de pulquería con oficio de vividor y obrero a ser un reconocido empresario fiestero y despilfarrador. Eufemismos de los buitres.
Iván fue el último nombre con el que se conoció luego de haber recibido una inmerecida fortuna. Torcuato era el nombre del pasado, el sucio, el que se embriaga de domingo a sábado y descansaba a media noche entre los días de descanso envuelto en lágrimas y promesas de no tomar otra vez. Y su vómito lo acompañaba.
Torcuato había nacido un miércoles o jueves. Nunca lo registraron adecuadamente, así que su abuela, quién lo crió luego de que su padre huyera y su hija –la mamacita de Torcua­– falleciera al dar a luz a treceavo bastardito, optó por celebrarlo cada tercer viernes de octubre. Para cuando Torcuato se vio en la necesidad de convertirse en Don Iván Gómez Illundain y Pérez Borgia se registró a billetazos para haber nacido el 6 de junio de 1936.
La infancia del niño fue como cualquier otra infancia: se revolcaba en el lodo, las ramas eran sus espadas y tenía un terrible odio por sus hermanos mayores que abusaban de él y él molestaba, golpeaba y sometía a los dos menores para demostrar su poder.
No vale la pena ahondar en detalles sobre sus hermanos, en realidad medios hermanos, pues lo único que los unía era la sangre materna y la esporádica protección de un hermano mayor. La gran mayoría fueron vendidos como casi esclavos para haciendas, rancherías y mercados de pueblos aledaños entre los 9 y 10 años de edad, menos Torcuato. El día que pretendían venderlo escapo de la casa y volvió cuatro días más tarde con 15 monedas, dos gallinas y un marrano para la abuela. La señora vio en él ‘al hombre de la casa’ que podía robar a los clientes de la casa de citas que la abuela regenteaba y de la cual su hija había sido una de las meretrices más querida.
Iván Torcuato tuvo que madurar rápidamente. Ya no podía solo jugar, era momento de invitar a los pestilentes y sucios obreros a gastar su raya con las mujeres que ofrecían sus servicios. Todas ellas, parientas cercanas de la abue. Además, les ofrecía bebidas refrescantes y adulteradas, míticas mezclas afrodisíacas para durar más en las artes amatorias y, luego del cortejo y coito comúnmente corto, hurgar en sus bolsillos tirados por monedas, baratijas y otros artilugios de interés mundano.
En una ocasión, luego de que el cliente frecuente del mes, un recién ascendido capataz del pueblo de Santo Domingo Actipan, quedó indigesto de lujuria, Torcuato investigó en sus bolsillos sin mucho éxito para el tradicional botín, sin embargo, del cinturón de mecate del cliente obtuvo un revolver aburrido, medio oxidado y que servía más para espantar que para disparar.
 La curiosidad lo invadió inmediatamente y mientras jugaba con el arma y probó con el duro y atascado gatillo, una bala salió disparada e impacto a escasos tres centímetros de la cabeza del ebrio capataz. Su condición lo hizo balbucear pero se rindió a los encantos del abuso del alcohol y cayó en sueño profundo, otra vez.  Mientras Torcuato paralizado de miedo veía la escena con la pistola en sus manos decidió regresar el juguete a su dueño y esperar a la siguiente ocasión para poder hacerlo suyo.

miércoles, julio 11

Nada


Todo está lleno de distractores, gente que camina, otra que habla y muchas que intrigan por su mirada perdida, por la sonrisa incandescente y otras porque están como muertos.  Además, hay luces con intensidades varias. El complemento perfecto es el murmullo cotidiano, los anuncios de la calle, el rugir de los motores y el lluvia. Luego el sol. Ahora el viento y de regreso al silencio.
Pero ahí está la nada. Su arbitrariedad con la importancia constante de la vida. Le resulta indiferente quién hace qué, le parece irrisorio la sorpresa por las vicisitudes y termina aplastándolo todo ante su hedor de confesión.
Se pregunta, quién le hizo creer a las moscas que son importantes. En qué momento el ego se apoderó de la creación humana, esa disque tan inteligente. La vomita. Y es que las personas infladas se creen tan importantes, tan únicas, como las otras 7 mil millones, pero de no ser por unas 40 que la rodean, una sola persona sola no existe. Es nadie. Es nada. Y como es nada, se acumula en ‘todo’ aquello que sobra, que resulta inconcluso, interminable pero insignificante. Se desvanece.
La nada es la ausencia de algo. Entonces, ella, así de digna y abusiva, sabe que todos sobran.  Pero le gusta reírse de la importancia que el hombre se da, un distractor más para su eterna faena de significantes aburridos.

martes, junio 26

60 años


En la última década no he podido seguirle la pista a las actividades que constantemente realizaba, pero todo indica que está bien. Al menos no me ha llegado un correo del más allá diciéndome que la van a regresar por mala conducta, o que tiene una demanda por incumplimiento de contrato. Tampoco he tenido en mis manos alguna señal tangible de cualquier tipo de comunicación paranormal o normal que pueda siquiera interpretarse como inconformidad. Así que está bien.

En una década, que es, hasta la fecha, un tercio de mi existencia han pasado muchas cosas. Muchas que me encantaría contarle, otras tantas que me niego a decirle y una que otra (siendo la mayoría) en la que me hubiera gustado tener su consejo –aunque no la escuchara– como lo recalcaba constantemente.

Y ahora que fue tu cumpleaños número 60 no escribí inmediatamente porque no sabía que decirte. Tantas cosas que en el silencio se pueden entender. Su silencio presente, su ausencia. Tu memoria en la mía. Además, no sabía que regalarte. No es que fuera muy constante en la cuestión de regalos. Pero no sabía que darte.

Lo único que siempre he podido darle es lo que soy. Quien soy. Como soy. Lo que hago. Lo que hice. Lo que estoy haciendo.

Entonces, ma, en tus pasaditos 60 años sólo puedo darte las gracias porque contigo llegue hasta donde estoy. Y sí, ya sé que no está tu cuerpo por acá, pero algo tuyo (si no es que mucho) está en mi. El lindo temperamento que me cargo, la inocencia maléfica, el maquiavelismo y empuje. Las ganas y la frustración. Los tamaños. El orgullo y los vicios. La alegría de cada día. El amor por hacer más. El hacer mejor, que como jodiste para que así lo hiciera,  que hoy da resultados. Y ni se te ocurra reclamar, yo no tengo la culpa de que tu ADN fuera tan pesado como para transgredir generaciones y ahora aquí estoy, haciendo lo mejor que me enseñaste a hacer: pelear. Andar. Entercarme. Vivir.

Feliz cumpleaños, Vic. Todo lo que soy, hasta hoy, es mi regalo para ti. Gracias. 

jueves, mayo 3

semántica: raro | especial | exótico

Adjetivar es una de las cosas que mejor hacemos las personas. Es una manera sutil de juzgar descaradamente y salir airoso. Sirve para nombrar las cosas, a las personas y, dicho sea de paso, a nosotros mismos, por los demás.

Y con nosotros somos especialmente duros. Y raramente blandos. Nos definimos exóticos. Sin embargo, sólo estamos buscando un apócope extra. Es un hiato de nuestra presentación. Un algo que nos haga diferentes. O iguales. O incluyentes. O que nos dé un algo más, pues.

Los adjetivos que escogemos son adquiridos. Son el vestigio y donativo de la sociedad, verdades que acabamos por creernos, incluirnos y asimilar como parte de nuestra persona. Así me convertí en el que tiene el perfil raro para estudiar un MBA. El que tiene ideas especiales, o el que sirve como muestra exótica de una especie en peligro de extinción, que me gusta creer que lo soy, pero nomás no dejo de ser un humano 'diferente' muy parecido a todos los demás.

Aparentemente, mi perfil profesional es raro y, en términos generales, debo hacerlo especial para quitarle lo exótico de la mezcla de profesiones, oficios, talachas y experiencias acumuladas en un resumé.

Ser raro es como algo feito, que disgusta y medio excluyente. Pero su definición va por otro lado.

Raro: que se comporta de modo inhabitual. Extraoridnario, poco común o frecuente. Escaso en su clase o especie. Insigne, sobresaliente o excelente en su línea. Extravagante de genio y propenso a singularizarse. 

Luego, ser especial es algo así como destacado, atrayente y de buen gusto. A veces como para definir lo políticamente incorrecto. La tendencia se parece al significado, pero resulta monótono al largo plazo, creo.

Especial: singular o particular. Muy adecuado o propio para algún efecto. Que está destinar a un fin concreto. 

Y finalmente, fuera de ser una cabaretera o vedette, ser exótico puede caer mal por su 'especial rareza'.

Exótico: extranjero, peregrino. Extraño, chocante, extravagante. Bailarina de cabaré.


Me parece interesante cómo las acepciones y definiciones se van haciendo más pequeñas y limitadas. Es que las palabras sirven para tanto y a la vez tan poco.

Lo más cruel, al final del día, es que los adjetivos que nos damos son imponentes y nos modelan, sólo hay que aprender a vivir con eso, pero sabiendo, a ciencia cierta, lo que queremos decir con eso. Ahora que se los significados, hasta me siento otro yo. Ya lo que los otros digan, opinen o gestionen o adjudiquen: bienvenido también.

jueves, abril 26

Los hombres de mi vida


Ahora entiendo a las mujeres. Creo entender, en parte, por qué nos odian y, aunque no soy mujer, he vivido rodeado de mujeres desde corta edad y viví todas y cada una de las quejas. En este sentido, soy víctima de esos cabrones –sí: yo, nosotros, pero más que nada, de ellos.

Es que los hombres sólo prometen y prometen, pero nomás nos la meten (me disculpo por el francés). Y a los hombres a los que me refiero ahora son a las figuras paternas que he desarrollado, querido, admirado, pero la gran mayoría de las veces, odiado. Es que son unos cabrones.

Ahí tienes al pequeño yo, de niño, de adolescente, de pre adulto, de joven posmoderno esperando que mi padre me cumpla la promesa que me hizo, esa de llevarme a dar una vuelta en moto, aquella en la que me dijo que ‘nomás le fuera bien’ a mis domingos les iría mejor. Una en la que me dijo que se desviviría por ayudarme. Al final, todas con el mismo resultado: llega el momento de que se cumpla la promesa y no hay respuesta, ni resultado. Es que no puedo, dice. Es que tengo otras cosas más importantes. Es que yo esperaba, yo quería, yo pensaba, imaginaba, anhelaba… pero siempre no.

El problema no es la justificación, ni que el regalo prometido llegue. El problema es el egoísmo de esa persona. Lo sé por que yo he hecho lo mismo.  A mi mismo. A mi mundo. Cuando se cumple el plazo que teníamos para cumplir, preferimos (en este caso mis múltiples tótems) hacer algo personal, desviar la promesa y ocultar la falta de resultado por una promesa más grande, más importante y que, como reses al matadero, creemos, confiamos. Aceptamos.

Nos decepcionan. Decepcionamos.

Creo además, que no quieren hacerlo. Que sí bien tienen la convicción de ayudar, de hacer más, parece que es preferible todo lo demás.

Pero también hay –habemos– otros hombres. Los que si cumplen. Los hombres de mi vida, la mayoría me han decepcionado. Y yo a ellos. Otro hombre prometió las perlas de la virgen para que yo logrará un cometido, se echó para atrás el día que no debía, confié en él y ahora tengo el compromiso en las manos. Me siento como si hubiera dado el tesorito, cuando sólo fue un one night stand.

Sin embargo, ahí estoy, esperando, con los brazos abiertos a que regresen, con una nueva promesa y a sabiendas de que no cumplirán, les creo.

Me parece que todos tenemos esa dualidad, aunque sigo sin entender el origen. Por qué a unos sí, a otros no. Hay otro hombre, que no promete y da por qué sí, se limita a decir que ‘algún día entenderé’, y eso, al menos hace la diferencia.

Las influencias mi vida pueden resumirse en lo que he sido, y ese, aquel que hace sin prometer es, sin temor a equivocarme, el que ha permitido que deje de ser como los demás hombres de mi vida.