La planeación es perfecta. Cada ángulo está cubierto. Estudié al sujeto hasta el cansancio, conozco su rutina, sus debilidades aparentes, sus gustos superficiales y cada detalle que lo hacer un objetivo en mi mira. Sé lo que me intriga de su ser, lo que repudio, lo que me gustaría salvar al momento de destrozarlo. Me consta que no me ha visto.
He analizado la situación mil y un veces, ningún detalle se me olvida. Sé qué arma voy a utilizar. Cómo la voy a tomar, en qué momento de su pátetica vida lo haré mío, sentiré su respiración. Estoy consciente de que no debo tapar su boca, quiero ver y esuchar su aliento al exhalar.
Lo he visualizado hasta el cansancio, pero malditos humanos, son impredecibles. Cualquier estupidez altera su orden y, de paso, el mío. Se jactan de su libertad, de sus movimientos, de sus cursilerias y, cuando más cuadrados deberían ser, mas irritables se convierten. Más alertas. Más vivos.
Los quiero muertos.
Mi víctima no me espera. No sabe que existo. Tiene alguna instrucción genética previa de la inseguridad, pero está entrenado por la sociedad a confiar abiertamente en alguien bien parecido, que le demuestra algo de cariño, que no se inmuta por sus defectos y que le da un hueso para roer, básico en la confianza, para que se abra sin miramientos.
El mejor momento, en mi experiencia, es llegar cuando todo está mal. Piden la presencia de algo aún peor para que se den cuenta de que su vida no vale nada. Ahí estoy yo. Presente. Soy un fantasma. Se ponen alerta. La nuca se eriza. La boca sabe metálica. Las llemas de los dedos se duermen. Las piernas flaquean. El estómago se vuelve vacío. Son hipersensibles. No me han visto, pero saben que lo que tanto anhelaban llegó. Humanos, tan débiles y endebles. Siempre me fantasean, planean a cada paso su autodestrucción, son conscientes de mí y, aún así, me retan a cada momento. Los voy a matar y lo saben. Me aplauden.
Despacio.
Un palpitar y me acerco.
Dos golpes en el pecho. La respiración se altera. Su mente se vuelve un caos, trabaja incansablemente. Saben que llegué. No ha servido de nada la alerta que su cuerpo les envía. Los ojos se vidrian. La mandibula se tensa.
Tres golpes en el pecho. Llora. Hay sudor frío. No entiende que pasa. Voltea a todos lados. Está ansioso. Pobre hombre, ¿o es mujer?. -Sí, hoy fue una mujer. La víctima de ayer, un hombre interesante, 32 años, inteligentemente audaz, pero un poco lerdo para la comprensión. Un excelente perro de Pavlov. Todo iba mal, me pidió en sus sueños a sabiendas de lo que le haría: se enamoró. Acabo de matar una parte de él.
Sépanlo. No tengo prisa.
Idiotas. Ustedes y su amor.
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