viernes, noviembre 12

Hola piano (o de cómo dejó de burlarse)

Nervios.

Ansias.

Un poco de las dos, con un toque de expectativa. Y satisfacción, mucha de esa. Y emoción, toda la existe. No fue el frío pero las manos me temblaban. ¡Lo logré!

Regresé al piano y el tiburón dejó de burlarse.

(Paréntisis cultural)
Todo empezó a los cuatro años. Es probable que un poco antes, cuando me guardaba pegado a la pata y la caja a escuchar las resonancias que hacía el armastote ese que descubrí se llamaba piano. Mi abuela tocaba y yo ahí, metido me quedaba anonadado. No sé cual fue el acercamiento primero pero a los cuatro y medio toqué en la Sala Chopin alguna cosa para niños. A los 8 otra vez. A los 13 por última ocasión.

Mi último gran concierto fue un fiasco ante el jurado de Conservatorio Nacional de Música en el que me perfilaba para ser licenciado en piano o como sea que se llame eso. La rebeldía se apoderó de mi ser (sí, desde entonces) y heché a perder la audición. Nada, ni nadie, me obligaría a tocar el piano. Era mi gusto, no mi deber en la vida. Lo dejé.

(Termina el paréntesis cultural)

Ahí sentado, o parado, o estático. O siendo lo que debe ser. O siendo todo menos lo que debía ser: perchero, librero, objeto de admiración y desprecio, cosa estética de malos recuerdos. En fin, ahí sentado, o parado, o estático; con el marfil amarillento, el barniz cuarteado, la decoración deco un poco descuidada, los pedales caídos, el asiento corroido, los cadáveres de polilla empolvados y su siempre constante Beethoven en la tapa, se sacudieron.

No es que no lo haya intentado antes, pero no era lo mismo. Recuerdo el do, re, mi, fa, sol, la, si. Medio sé cómo se amodaban en el pentagrama y en el completo olvido las bolitas, medias bolitas, colitas, signos de gato y aquello que me remembraba un bemol. Y con esa experiencia, intenté tocar una pieza mal tocada. Sí, hacía falta la decisión.

Que se marque el día: estoy tomando clases de piano otra vez.

La sensación de fluir, de pensar el ritmo antes de sentirlo, de sacar el sentimiento y liberar esa pasión. De retomar el paso, el cuarto, el medio y el tercio. De sentir la dureza del marfil, la vibración de la cuerda, de revivir la sustancia y vivir ese aliento al paso de cada sonido. El momento de practicar, de equivocarse y verlo. El instante de seducción que puede promover un do sostenido mal afinado y la dificultad de una octava, seguida de otra y otra; el susurro que ofrece su tenacidad. El grito agudo del último si contra el tenor que se levanta en su antónimo de la.

Gracias por la sensación. Gracias por la música. Gracias Otto por ser afinador, pianista y un artista completo, Edith por ser soprano y acariciarlo tantas veces, Victoria por regalármelo y mostrarme su poderío. Y Dionisio e Isaac por tocar esa cuerda que necesitaba afinación.

Gracias piano, por no burlarte, por esperar. Por dejarte tocar.

Y sigo nervioso. Ansioso. Te extrañé.

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