lunes, julio 20

'No sé donde estoy'

Disculpe señor, cómo llego a Constituyentes, preguntó Joel encorvado hacia adelante, cubriéndose un poco la cara, el cuerpo y ocultándose bajo la sombra que su propio cuerpo proyectaba.

– Está muy lejos respondió el interrogado. ¿A qué altura va?

– Constituyentes y Periférico contestó Joel. Voy pa' Oaxaca, continuó. La mirada inocente, expectante de respuestas.

Joel había llegado al DF la noche del jueves desde Puebla. Llegó a la TAPO. Venía por su hermana, una muchacha que trabaja como ayudante doméstica en San Ángel. En la bonita Ciudad de México, Joel sufrió lo que la mayoría ya ha vivido, un asalto en la termina de autobuses. Le quitaron su mochila y con ella, la poca información que tenía de todo en este mundo. Dentro de su maletita traía la dirección para ir por su hermana, el teléfono para localizarla y algo más de dinero para continuar con su travesía a Oaxaca.

Ok, respondió su interlocutor. Mire tiene que agarrar esa avenida grande que se ve ahí (Cirucuito Interior) a la izquierda y caminar. Está como a 10 cuadras grandes. Ahí va ver un letrero que dice Constituyentes...

– Es que no sé leer respondió apenado Joel.

– Ah...

Vine de Puebla a buscar a mi hermana, mire–, dijo mientras sacaba de su bolsa un papel y se acercaba lento, y más bien temeroso. –¿Me puedo acercar?– dijo con la mirada en el piso otra vez. –Ustedes en la ciudad son muy desconfiados, por eso le pido permiso. Tome, lea esta hoja– y estiraba su mano con la hoja de papel.

"Por favor ayude a este ombre, se llama Joel. Es un buen ombre y cincero. Va a Puerto Escondido, en Oajaca" Se leí en las primeras oraciones. La letra era femenina o de un niño. 

Joel se extendió.

– Me quitaron mis cosas anoche. Me fui caminando a a San Ángel y estuve preguntando por mi hermana, pero es que ahí es muy grande– confesó.

– ¿Oiga, ya comió?– le preguntaron sus guías

– Sí, ya. Una señora me dio de comer en San Ángel dos panes con huevos. Ella estuvo hablando a Huatulco y a Puerto Escondido, pero mi rancho está muy lejos del teléfono y nadie contestó. Entonces y ¿si mejor me regreso a la termina de camiones?

– Sí, quizá es lo mejor. A ver, ¿cómo se puede ir?– dijo pensativo el transeúnte. 

– Es que... es que no sé dónde estoy – dijo Joel con los ojos inyectados de frustración y lágrimas de desesperación. Llevo cuatro horas caminando desde San Ángel. Me voy a ir a la termina y me voy a subir a escondidas al camión pa mi pueblo.

Joel no había aprendido a leer y a escribir porque para trabajar la tierra eso no era importante ni necesario. Además, nunca lo había necesitado. 

–Mire señor aquí tiene lo que traemos, le dijo el transeúnte mientras extendía cerca de $280 pesos, y váyase a la TAPO y de ahí tome un camión a su rancho.

Ya con lágrimas escurriendo, Joel tomó el dinero apenado mientras preguntaba entre respiraciones qué cómo iba a pagarlo. Le pidió a su citadino mecenas que apuntara la dirección de su rancho, en Puerto Escondido, domicilio conocido, para que cuando estuviera allá, pudiera pagarle. 

Con la ayuda de un taxista le indicaron cómo irse en metro a la TAPO. Estaba a dos cuadras del metro Sevilla y a escasos 15 minutos de la terminal de autobuses. Ahora solo necesitaba completar casi $900 del pasaje y esperar 18 horas para llegar a su pueblo. 

Dobló en la esquina y se perdió en las fauces de la colonia Cuauhtémoc mientras la Ciudad de México terminaba por robarle la esperanza.

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