jueves, diciembre 9

Sí, soy un visceral

Está bien lo acepto, ¡soy un visceral de lo peor!, poco racional y me dejo llevar por mis emociones, pasiones, sensaciones y, el poco menos del 10% de mi cerebro que debería utilizar para aquello que denominan raciocinio, queda opaco bajo la potencia de mi tripa, de la presión arterial, de la sensación de asfixia y de la calentura imprudente.

Acorde a los múltiples gurús que he vistado en mi vida, la visceralidad se controla fácilmente con meditación, comida saludable, una mente fuerte, una rígida dieta antiemociones, una noche de dormir en cama de clavos y, por si fuera poco, haciendo la garza en un tronco sobre la playa. Sin embargo, la realidad es que he fallado incansablemente en aquietar mi mente, la meditación me sirve para aquitarme y dormir, la comida saludable para regular mis horarios en el WC, la mente fuerte para incrementar la radicalización de mi ser, la rígidez contra las emociones sólo ha funcionado para fisionar mis pasiones con las visceras, la cama de clavos resultó incómoda y la famosa garza requiere de concentración y tiempo, del cual tengo nulo.

Así que, omitiendo el caso omiso que había hecho una vez a mi madre sobre la imperiosa e intempestiva calidad del piano para calmar las visceras, les dejó el mecanismo, la tensión, el complemento a la intesidad, a la pasión que me gobierna (eros y tanatos):


Y además, ya está afinado el señor C. Bechstein, de Berlín.

jueves, diciembre 2

Cotiza tu amor en el mercado de valores

Luego de que una relación termina ambos sujetos pierden la credibilidad del mercado. El valor de sus acciones como entidad se van al piso y, el valor individual aumenta increíblemente. Este es el momento que hay que aprovechar para regresar al mercado y cotizarse.

Seguro pasará que tus amigos se convertirán en expertos en inversión y, uno en específico, jugará el papel de broker para estudiar el mercado, ofrecerte abiertamente, conseguir interés y, quieras que no, tendrá la capacidad de de votar en tu junta semanal de consejo 'sobre lo que estás haciendo'.

Así las cosas debes planear tu regreso como algo espectacular. Tus valores deben ser una oferta pública visible: sal, conoce gente, vende tu producto-marca-empresa para hacer ruido. Hazle la difusión previa -de la cual tus brokers y 'tumismo' deben hacer. Y lo importante, hacer la correcta división de acciones preferentes, secundarias y el tipo de poder que cada una tiene.

Se recomienda que las acciones preferentes no excedan más del 30% del total y la promesa de pago de deuda no exceda las posibilidades. Si una acción preferente incluye cena, vino y tragos coquetos, sólo es eso. Ahora, que si dependiendo del día, la circunstancia y volatilidad del mercado, es posible que haya cama, es impertativo recordarle al accionista que eso fue un día exitoso en las ganancias, pero que no siempre será así (envíale un memo de ser necesario). Es más, que lo sepan, la mayoría de las veces el valor de las acciones ira a la baja y, si no le ponen las ganitas necesarias, la sesión terminará con un 'estoy cansado'.

Impulsar las acciones

Uno de esos quicos equis es una ganancia marginal. Un beso en el cachete es cerrar estable. Un cachete con cachete es pérdida. Un llano buenas noches es la recompra total de la acción otorgada. Repetir el sexo en la semana: valor al alza. Que la semana siguiente también, todo sigue bien. Después de tres semanas la accionista puede pensar en comprar otra acción, que no se emocione (sólo está ganando participación, nada más) porque de lo contrario aplicará la escala pero en retrospectiva y, por ende, la perdida del interés.

¿Cómo valorar tus acciones? Es sencillo. Las preferentes son para aquellas personas interesadas en ti y que invertirán lo suficiente para que salgas de tu bache sentimental de principio e incluyen ciertos beneficios: mayor retorno de su inversión, poder de influencia en el consejo de administración del corazón y poder de decisión (mínimo) en la selección de planes. ¿Qué debe tener el inversionista preferente? Principalmente, que esté loco por nosotros, pero que al mismo tiempo no quiera comprar todo de golpe, aquí no necesitamos de alguien que nos ame y adore inmediatamente, sólo queremos quien nos haga sentir bien, nos dé lo que queremos y no se convierta en un pain the ass semanal, quincenal o diario.

Es probable también que debido a tu reciente lanzamiento al mercado te sobrevalúes o a la gente no le interese una vez que te probó. El mercado de valores es un estira y afloja interesantísimo por ambas partes, desde cómo te cotizas hasta la manera en la que el mundo te ve: un fácil, un difícil; quizá muy creído; lindo pero pendejo; ok, ok, con personalidad pero no muy confiable; demasiado herido como para ayudarlo; traumadito; un caliente más; es de lo que no te llaman después de cojer; se va a enamorar desde el primer beso; etcétera. Es por eso que la OPI (oferta pública inicial) debe llevarse con calma sino las transacciones y cotizaciones serán caóticas y aunque puede parecer placentero de entrada, al rato te quedarás sin inversores y tendrás que reinventarte... otra vez.

Qué incluyen las acciones secundarias, bueno: es fácil, lo que tu quieras sin injerencia en tu vida. La OPI en este caso dura, al menos mes o mes y medio, sin embargo puede llegar un inversionista que haga la diferencia, depende de ti. Ahora, también estate preparado para las 'hostile takeovers'... sí, son catfights o madrizas entre güeyes por tu amor, en efecto son glamorosas, divertidas y quizá demuestren qué tanto quieren tu acciones. O todo lo contrario y se trata de psycho killer, control-freak que no supo que hacer con tanto tu, en este caso, llama a tu broker para que te defienda.

Finalmente, nomás se tú y ve por lo que quieres. El regreso al mercado de valores como un trozo de carne es una lucha incansable de ti contra ti y, por si fuera poco, el mundo.

viernes, noviembre 26

Asesino

La planeación es perfecta. Cada ángulo está cubierto. Estudié al sujeto hasta el cansancio, conozco su rutina, sus debilidades aparentes, sus gustos superficiales y cada detalle que lo hacer un objetivo en mi mira. Sé lo que me intriga de su ser, lo que repudio, lo que me gustaría salvar al momento de destrozarlo. Me consta que no me ha visto.

He analizado la situación mil y un veces, ningún detalle se me olvida. Sé qué arma voy a utilizar. Cómo la voy a tomar, en qué momento de su pátetica vida lo haré mío, sentiré su respiración. Estoy consciente de que no debo tapar su boca, quiero ver y esuchar su aliento al exhalar.

Lo he visualizado hasta el cansancio, pero malditos humanos, son impredecibles. Cualquier estupidez altera su orden y, de paso, el mío. Se jactan de su libertad, de sus movimientos, de sus cursilerias y, cuando más cuadrados deberían ser, mas irritables se convierten. Más alertas. Más vivos.

Los quiero muertos.

Mi víctima no me espera. No sabe que existo. Tiene alguna instrucción genética previa de la inseguridad, pero está entrenado por la sociedad a confiar abiertamente en alguien bien parecido, que le demuestra algo de cariño, que no se inmuta por sus defectos y que le da un hueso para roer, básico en la confianza, para que se abra sin miramientos.

El mejor momento, en mi experiencia, es llegar cuando todo está mal. Piden la presencia de algo aún peor para que se den cuenta de que su vida no vale nada. Ahí estoy yo. Presente. Soy un fantasma. Se ponen alerta. La nuca se eriza. La boca sabe metálica. Las llemas de los dedos se duermen. Las piernas flaquean. El estómago se vuelve vacío. Son hipersensibles. No me han visto, pero saben que lo que tanto anhelaban llegó. Humanos, tan débiles y endebles. Siempre me fantasean, planean a cada paso su autodestrucción, son conscientes de mí y, aún así, me retan a cada momento. Los voy a matar y lo saben. Me aplauden.

Despacio.

Un palpitar y me acerco.

Dos golpes en el pecho. La respiración se altera. Su mente se vuelve un caos, trabaja incansablemente. Saben que llegué. No ha servido de nada la alerta que su cuerpo les envía. Los ojos se vidrian. La mandibula se tensa.

Tres golpes en el pecho. Llora. Hay sudor frío. No entiende que pasa. Voltea a todos lados. Está ansioso. Pobre hombre, ¿o es mujer?. -Sí, hoy fue una mujer. La víctima de ayer, un hombre interesante, 32 años, inteligentemente audaz, pero un poco lerdo para la comprensión. Un excelente perro de Pavlov. Todo iba mal, me pidió en sus sueños a sabiendas de lo que le haría: se enamoró. Acabo de matar una parte de él.

Sépanlo. No tengo prisa.

Idiotas. Ustedes y su amor.

miércoles, noviembre 17

'... al artista'

Los adultos hacen, y son lo que deben hacer, inclúyome en el gremio.

Nos preocupamos por las deudas. Los deberes. Horarios. Resposabilidades, mientras sufrimos pensando en mañana. Lloramos por lo que perdimos. Planeamos la muerte detenida de alguien. El rescate de otros más. El trabajo ideoneo. La pareja que dejamos ir. La que tenemos. La que queremos. Los hijos. Retiros. Pagar el télefono y la tarjeta el viernes. La comida con los amigos. El sueño de tener ese coche. Las vacaciones. El fin de semana. Que tu madre entienda que tu escoges tu vida. Que tu padre no quiera controlar tu existencia. Poder vivir para contarlo. Tener a quién contarlo. Jugar golf. Conocer Praga y cenar el Torre Eiffel. Tener una posición gerencial. Una directiva. Tener trabajo. Pagar la hipoteca. Conocer el mundo y poder recordarlo. No morir de cáncer. No morir de enfisema. No morir de tuberculisisi ni la mordida de un león. No morir en un accidente de coche, ni por cirrosis, ni por una enfermedad rara. Que los zombies sean sólo invensiones estúpidas y, en caso de que sean reales, que no ataquen a mis hijos. Bueno, sólo a mi hermano para poderlo madrear a gusto. No sufrir de impotencia. Tener el dinero para comprarlo. Dar un concierto y ser reconocido. Que no me metan a la cárcel. Que mi familia me olvide. Nomás tantito. Ir a Tennesse. No tener que empeñar las joyas de la abuela. Saber que puedo confiar, que soy de confianza, pero no dejado. Ser fuerte. Ser débil. Ser humano. Ser yo. Ser lo que ellos quieren. Demostrarlo. Demostrarme. No cortarme con el rastrillo. Cubrir las arrugas. Arreglarme para verme desarreglado. Sentir su mano otra vez. Mejorar el poker face. Llegar a los 40. Sobrevivir la crisis de los 30, 35 y 37. Dar amor. Recibir amor. Volverlo a ver. Olvidar los reconres. Recordar porque te alejaste. Valorar. Valorarte. Comprar ese regalo. Armarte de valor para enfrentarte. Ser admirado. Halagar en secreto. Ser abierto. Estar abierto. No tener secretos. Olvidar mis secretos. Jugar carreritas con un coche de verdad. Leer 1.5 libros al mes, no beber más de la cuenta y cuidar los triglicéridos....

Mientras los adultos contemporáneos -como yo- pensamos tanta estupidez (como todos), de vez en cuando podemos ser niños.

Yo juego al artista.

viernes, noviembre 12

Hola piano (o de cómo dejó de burlarse)

Nervios.

Ansias.

Un poco de las dos, con un toque de expectativa. Y satisfacción, mucha de esa. Y emoción, toda la existe. No fue el frío pero las manos me temblaban. ¡Lo logré!

Regresé al piano y el tiburón dejó de burlarse.

(Paréntisis cultural)
Todo empezó a los cuatro años. Es probable que un poco antes, cuando me guardaba pegado a la pata y la caja a escuchar las resonancias que hacía el armastote ese que descubrí se llamaba piano. Mi abuela tocaba y yo ahí, metido me quedaba anonadado. No sé cual fue el acercamiento primero pero a los cuatro y medio toqué en la Sala Chopin alguna cosa para niños. A los 8 otra vez. A los 13 por última ocasión.

Mi último gran concierto fue un fiasco ante el jurado de Conservatorio Nacional de Música en el que me perfilaba para ser licenciado en piano o como sea que se llame eso. La rebeldía se apoderó de mi ser (sí, desde entonces) y heché a perder la audición. Nada, ni nadie, me obligaría a tocar el piano. Era mi gusto, no mi deber en la vida. Lo dejé.

(Termina el paréntesis cultural)

Ahí sentado, o parado, o estático. O siendo lo que debe ser. O siendo todo menos lo que debía ser: perchero, librero, objeto de admiración y desprecio, cosa estética de malos recuerdos. En fin, ahí sentado, o parado, o estático; con el marfil amarillento, el barniz cuarteado, la decoración deco un poco descuidada, los pedales caídos, el asiento corroido, los cadáveres de polilla empolvados y su siempre constante Beethoven en la tapa, se sacudieron.

No es que no lo haya intentado antes, pero no era lo mismo. Recuerdo el do, re, mi, fa, sol, la, si. Medio sé cómo se amodaban en el pentagrama y en el completo olvido las bolitas, medias bolitas, colitas, signos de gato y aquello que me remembraba un bemol. Y con esa experiencia, intenté tocar una pieza mal tocada. Sí, hacía falta la decisión.

Que se marque el día: estoy tomando clases de piano otra vez.

La sensación de fluir, de pensar el ritmo antes de sentirlo, de sacar el sentimiento y liberar esa pasión. De retomar el paso, el cuarto, el medio y el tercio. De sentir la dureza del marfil, la vibración de la cuerda, de revivir la sustancia y vivir ese aliento al paso de cada sonido. El momento de practicar, de equivocarse y verlo. El instante de seducción que puede promover un do sostenido mal afinado y la dificultad de una octava, seguida de otra y otra; el susurro que ofrece su tenacidad. El grito agudo del último si contra el tenor que se levanta en su antónimo de la.

Gracias por la sensación. Gracias por la música. Gracias Otto por ser afinador, pianista y un artista completo, Edith por ser soprano y acariciarlo tantas veces, Victoria por regalármelo y mostrarme su poderío. Y Dionisio e Isaac por tocar esa cuerda que necesitaba afinación.

Gracias piano, por no burlarte, por esperar. Por dejarte tocar.

Y sigo nervioso. Ansioso. Te extrañé.