viernes, julio 27

A veces se me olvida...


Estoy seguro que esa mañana ha sido una de las más duras de mi vida. Saber que tu cuerpo ya no estaba. Que me habías dejado solo y que por más que corriera escaleras arriba, que gritara tu nombre, que llorara buscándote, no encontraría tus brazos o tu sonrisa. Tu palabra o tu consejo. Ya no estás.
A veces creo que aún no sé que estoy haciendo y me haces falta para recibir tu sabiduría, para que me orientes. Ese 27 de julio en la madrugada cambiaría mi vida por completo. La cambió, de hecho. Se abrieron infinidad de puertas para que me convirtiera en lo que soy, para que terminara la cocción de lo que habías creado. Al mismo tiempo se cerraron otras puertas. O cambiaron de dimensión y no estoy seguro de cómo abrirlas, ni de querer hacerlo.
Todavía me pregunto que sería de mi si aquí estuvieras. Dueles.
Si estuvieras rondando por aquí creo que nada de lo que hasta hoy he hecho sería. Y entonces imagino. Seguramente hubiera acabado con la filosofía. Sería un lujurioso maestro o quizá ya un prominente doctorando. O quizá no estaría aquí. Pero aún podríamos ir a comer los domingos, luego ir por un helado y después al cine. Tal vez entre semana divagaríamos y me harías corromper cada una de las teorías llevándome al límite para vivirlas. En los últimos 10 años no habría vivido solo. Ni viajado tanto. Quizá ni siquiera hubiérame arriesgado a hacer todas las babosadas que me han hecho yo.
Pero muerta también me has llevado al límite. A romper todos los paradigmas que sin razón alguna me dijeron que debía seguir o los que me cree para sobrellevarte. El constante empuje de ver más allá. Pero te falto enseñarme de equilibrio. Ese lo medio he aprendido. Se te olvidaron las lecciones que dicen que hay un punto medio, que no todo es la pasión arrolladora, la fuerza de empuje sin calcular las consecuencias. Ahora que lo pienso, quizá en tu única visión de la vida, no querías que aprendiera de balanzas y sólo de entregas, pero te fuiste.
Han sido 10 años. Como a las 5 de la mañana me informaron que ya era hora. Diez minutos más tarde yo estaba tirado en el piso, impactado. Aún me pregunto ¿qué debo hacer? Y entonces hago lo que hacías: seguir. Dar el siguiente paso. Levantar la cara, secarte las lagrimas y caminar. Hasta que te canses, y en ese momento, seguir otra vez.
Te extraño mucho. A veces se me olvida que alguna vez estuviste, y me siento mal al descubrirme así. Luego me lavo el cerebro de que siempre estás y no es que te olvide, que algo de ti está conmigo, y por eso no te extraño tanto. Pero es complicado.
Con tu partida… Me despedí infinidad de veces pero nomás no me hacías caso. La esperanza. Esperaba que regresaras. Espero verte otra vez. Pero por favor, no te aparezcas en mis sueños, ni como fantasma, sólo espero verme alguna vez y ver que ahí estás, orgullosa, viva. Apasionada, en mi.
Te extraño. Te amo. Me cambiaste la jugada. Me diste una vida nueva. Renací. Tu también.

miércoles, julio 18

Quebrado II: el origen de ser


Como buen mexicano nació jodido, como buen español, vivió quebrado. De pequeño, cuando era el encargado del robo hormiga a los clientes, la abuela le daba el 10% de sus hurtos como comisión, pero para un poco letrado joven, el 10% no tenía validez real. Pero aprendió a la mala.
No sabe cómo, pero aprendió lo básico de economía, finanzas y microbanca. Y con microbanca nos referimos a la forma de burlar agiotistas, convertirse en usurero y crear esquemas ponzi tan maquiavélicos que parecían inocentes. Así, el borracho de pulquería tenía el oficio de portero, por cuidar la entrada del negocio del burdel de la abuela; además de mesero y cantinero. Un poco de herrero, carpintero y pastor. A veces se le daba lo electricista y otras tantas el de escolta, pero finalmente, lo único bueno que sabía hacer Torcuato Gómez Illundain era soñar. Soñar en grande, con tener no una sino dos botellas de vino; con un percheron que jalara su carretita en lugar de una triste mula mal parida y medio deforme. Soñaba con conocer a una mujer que lo dejara entrar en sus entrañas sin cobrarle y con un hijo que fuera sólo suyo al cual darle todo lo que existía en el mundo: su poco dinero. Además, se ilusionaba pensando en el momento en el que no tuviera que compartir su habitación con la abuela, en el instante en el que pudiera dejarse al alcohol sin la preocupación de deberse levantar a trabajar al día siguiente para conseguir lo suficiente para el plato de frijol que preparaba la última embarazada del negocio familiar y el medio litro de aguardiente nocturno.
Torcuato era Torcuato por que le había gustado el nombre a su madre. Alguien importante del pueblo llevaba ese nombre. Torcuato pensaba que así se llamaba el hombre que le había engendrado y que en honor a los 3 pesos que había dejado por los servicios otorgados le habían nombrado así. Pero luego, Torcuato pensada que su tesis era estúpida, cómo era posible que su madre supiera quién era su padre si se dedicaba  la vida galante, a los hombres y sus placeres carnales, a cocinar 4 meses al año durante los últimos 13 años por cada uno de sus hijos. Además, se inquiría Torcuato, sus otros 12 hermanos llevarían el nombre de su padre también. Pero se devanaba el seso pensando cómo sería posible que eso fuera posible si su sacrosanta progenitora se acostaba con al menos 10 clientes a la semana, según la abuela.
Pero su habilidad para soñar era grande, entonces imaginó como su madre sí era una mujer de cascos ligeros y que vendía sus carnes al mejor postor, pero que no era una cualquiera, que sólo los más educados señores se acercaban a ella por sus servicios, que la visitaban grandes y lores de lugares lejanos por sus habilidades amorosas y que por ende, sabía justo quién era el padre de él  de cada uno de sus hermanos.
La verdad es que Iván Torcuato Gómez Ilundai y Pérez Borgia, mejor conocido como Don Iván, nunca sabría la razón de llamarse cómo se llamaba. Lo que le calmaba por las noches era su Ilundain, ese apellido tan bravo y fuerte, proveniente de los conquistadores españoles, de un lugar vasco, le había dicho su abuela, y que en su tierra de origen tenían amplios poderes, pero por la ambición de unos, los habían desterrado al ‘chiquiero del nuevo mundo’ para que aprendieran de humildad y crecieran en templanza.
“Pa’ pinches aprendizajes”, repetía constantemente la abuela. La verdad es que el apellido era una herencia lejana, ganada, una vez más, por el valor de las carnes en una economía estancada.
Como español, Torcuato decía que tenía la visión para hacer mucho. Lástima que cuando tenía sus lapsos de iluminación estos se agotaban en tres vasos seguidos de aguardiente, mezcal, vino caliente o cualquier bebida alcohólica que apaciguara sus ímpetus de grandeza. Como mexicano, sabía que podía aguantar lo que fuera. Y lo hacía, vivía consigo mismo. Como Ilundain haría grandes cosas. Cuál Gómez, Pérez-sería.

martes, julio 17

Quebrado I


Tenía dinero. Era rico. Importante y poderoso. Bueno, eso creía Iván. La verdad es que en un golpe de gracia había ganado la lotería local por 25 mil pesos que, en sus tiempo de juventud, si era una suma considerable. Con esa ganancia, Iván Torcuato Gómez Illundain había pasado de ser un borracho de pulquería con oficio de vividor y obrero a ser un reconocido empresario fiestero y despilfarrador. Eufemismos de los buitres.
Iván fue el último nombre con el que se conoció luego de haber recibido una inmerecida fortuna. Torcuato era el nombre del pasado, el sucio, el que se embriaga de domingo a sábado y descansaba a media noche entre los días de descanso envuelto en lágrimas y promesas de no tomar otra vez. Y su vómito lo acompañaba.
Torcuato había nacido un miércoles o jueves. Nunca lo registraron adecuadamente, así que su abuela, quién lo crió luego de que su padre huyera y su hija –la mamacita de Torcua­– falleciera al dar a luz a treceavo bastardito, optó por celebrarlo cada tercer viernes de octubre. Para cuando Torcuato se vio en la necesidad de convertirse en Don Iván Gómez Illundain y Pérez Borgia se registró a billetazos para haber nacido el 6 de junio de 1936.
La infancia del niño fue como cualquier otra infancia: se revolcaba en el lodo, las ramas eran sus espadas y tenía un terrible odio por sus hermanos mayores que abusaban de él y él molestaba, golpeaba y sometía a los dos menores para demostrar su poder.
No vale la pena ahondar en detalles sobre sus hermanos, en realidad medios hermanos, pues lo único que los unía era la sangre materna y la esporádica protección de un hermano mayor. La gran mayoría fueron vendidos como casi esclavos para haciendas, rancherías y mercados de pueblos aledaños entre los 9 y 10 años de edad, menos Torcuato. El día que pretendían venderlo escapo de la casa y volvió cuatro días más tarde con 15 monedas, dos gallinas y un marrano para la abuela. La señora vio en él ‘al hombre de la casa’ que podía robar a los clientes de la casa de citas que la abuela regenteaba y de la cual su hija había sido una de las meretrices más querida.
Iván Torcuato tuvo que madurar rápidamente. Ya no podía solo jugar, era momento de invitar a los pestilentes y sucios obreros a gastar su raya con las mujeres que ofrecían sus servicios. Todas ellas, parientas cercanas de la abue. Además, les ofrecía bebidas refrescantes y adulteradas, míticas mezclas afrodisíacas para durar más en las artes amatorias y, luego del cortejo y coito comúnmente corto, hurgar en sus bolsillos tirados por monedas, baratijas y otros artilugios de interés mundano.
En una ocasión, luego de que el cliente frecuente del mes, un recién ascendido capataz del pueblo de Santo Domingo Actipan, quedó indigesto de lujuria, Torcuato investigó en sus bolsillos sin mucho éxito para el tradicional botín, sin embargo, del cinturón de mecate del cliente obtuvo un revolver aburrido, medio oxidado y que servía más para espantar que para disparar.
 La curiosidad lo invadió inmediatamente y mientras jugaba con el arma y probó con el duro y atascado gatillo, una bala salió disparada e impacto a escasos tres centímetros de la cabeza del ebrio capataz. Su condición lo hizo balbucear pero se rindió a los encantos del abuso del alcohol y cayó en sueño profundo, otra vez.  Mientras Torcuato paralizado de miedo veía la escena con la pistola en sus manos decidió regresar el juguete a su dueño y esperar a la siguiente ocasión para poder hacerlo suyo.

miércoles, julio 11

Nada


Todo está lleno de distractores, gente que camina, otra que habla y muchas que intrigan por su mirada perdida, por la sonrisa incandescente y otras porque están como muertos.  Además, hay luces con intensidades varias. El complemento perfecto es el murmullo cotidiano, los anuncios de la calle, el rugir de los motores y el lluvia. Luego el sol. Ahora el viento y de regreso al silencio.
Pero ahí está la nada. Su arbitrariedad con la importancia constante de la vida. Le resulta indiferente quién hace qué, le parece irrisorio la sorpresa por las vicisitudes y termina aplastándolo todo ante su hedor de confesión.
Se pregunta, quién le hizo creer a las moscas que son importantes. En qué momento el ego se apoderó de la creación humana, esa disque tan inteligente. La vomita. Y es que las personas infladas se creen tan importantes, tan únicas, como las otras 7 mil millones, pero de no ser por unas 40 que la rodean, una sola persona sola no existe. Es nadie. Es nada. Y como es nada, se acumula en ‘todo’ aquello que sobra, que resulta inconcluso, interminable pero insignificante. Se desvanece.
La nada es la ausencia de algo. Entonces, ella, así de digna y abusiva, sabe que todos sobran.  Pero le gusta reírse de la importancia que el hombre se da, un distractor más para su eterna faena de significantes aburridos.

martes, junio 26

60 años


En la última década no he podido seguirle la pista a las actividades que constantemente realizaba, pero todo indica que está bien. Al menos no me ha llegado un correo del más allá diciéndome que la van a regresar por mala conducta, o que tiene una demanda por incumplimiento de contrato. Tampoco he tenido en mis manos alguna señal tangible de cualquier tipo de comunicación paranormal o normal que pueda siquiera interpretarse como inconformidad. Así que está bien.

En una década, que es, hasta la fecha, un tercio de mi existencia han pasado muchas cosas. Muchas que me encantaría contarle, otras tantas que me niego a decirle y una que otra (siendo la mayoría) en la que me hubiera gustado tener su consejo –aunque no la escuchara– como lo recalcaba constantemente.

Y ahora que fue tu cumpleaños número 60 no escribí inmediatamente porque no sabía que decirte. Tantas cosas que en el silencio se pueden entender. Su silencio presente, su ausencia. Tu memoria en la mía. Además, no sabía que regalarte. No es que fuera muy constante en la cuestión de regalos. Pero no sabía que darte.

Lo único que siempre he podido darle es lo que soy. Quien soy. Como soy. Lo que hago. Lo que hice. Lo que estoy haciendo.

Entonces, ma, en tus pasaditos 60 años sólo puedo darte las gracias porque contigo llegue hasta donde estoy. Y sí, ya sé que no está tu cuerpo por acá, pero algo tuyo (si no es que mucho) está en mi. El lindo temperamento que me cargo, la inocencia maléfica, el maquiavelismo y empuje. Las ganas y la frustración. Los tamaños. El orgullo y los vicios. La alegría de cada día. El amor por hacer más. El hacer mejor, que como jodiste para que así lo hiciera,  que hoy da resultados. Y ni se te ocurra reclamar, yo no tengo la culpa de que tu ADN fuera tan pesado como para transgredir generaciones y ahora aquí estoy, haciendo lo mejor que me enseñaste a hacer: pelear. Andar. Entercarme. Vivir.

Feliz cumpleaños, Vic. Todo lo que soy, hasta hoy, es mi regalo para ti. Gracias.