sábado, octubre 6

Argentina, día 1

El taxista que me trajo hasta lo que será mi hogar por tres meses me dijo que todo de Argetina le gusta, menos los argentinos. Creo que eso pasa mucho en casi todos los países. Llegué a las 11 con algunos minutos, hora local. Desde que hice mi primer acercamiento con el cono sur quede impactado con su primavera: está nublado y me siento como en Londres.
Lo poco que vi de Santiago de Chile fueron montañas, nubes y chilenos agradables. Lo poco que he visto de Argetina son nubes, parajes estilo europeo con las nimiedades típicas de América Latina: pobreza para donde uno voltee. La gente no habla de su situación económica, pero sí hace especial hincapie en su 'no tan querida presidenta'.
Así que después de una jornada de asientos de avión, ver la última del Hombre Araña, un pedazo entre parpadeos y bostezos de ... ya no recuerdo cual; unos tortelinis, tres vasitos de vino, una cerveza y un whisky; un muffin con mal café para desayunar, aterricé en Buenos Aires. Pero sigo preguntándome ¿dónde está la primavera? El amable taxista me sirvió de pre guía de turistas, qué lugares visitar en la capital, a dónde viajar, qué comer y dónde. Un poco de la visión local del país sobre su economía, historia y cultura. También me ofreció recoger a mi pandita en diciembre a un precio más accesible ya que 'somos clientes'. Me dejó con mis nuevos caseros quienes me recibieron de forma agradable, me mostraron mis apostentos y me dejaron dormir un par de horas.
Firmamos el contrato y la señora de la casa me preparon unos mini sanguiches de roast beef, excelentes. Dormí. No vio con tan buenos ojos que yo sea fumador, pero las áreas abiertas de la casa me permiten mantener mi vicio.
Me dieron indicaciones de cómo llegar sl súper, qué tarjeta de transportación comprar y cómo llegar a la escuela. Creo que no podré irme en bicicleta pues aunque estoy relativamente cerca, y el poblado es como una tipo Cocoyoc, Metepec, Santa Fe posh... las calles dejan mucho que desear: baches, hoyos y, sobre todo: mucha lluvia.
La casera me informó que tengo dos roomies, un colombiano y no sé quien más. Ambos van a la Austral, entonces que el martes ellos me pueden llevar a la escuela pero que, como el lunes es feriado, fueron a Mendoza el fin de.
El taxista me sugirió que vaya a Tigre, un pueblo hermoso dice él. Lo apunté ya para ir con mi Pandita. Son cerca de las 7 de la noche ya. Los vecinos tienes como peda argetina, asado le dicen y tocan la guitarra, beben vino y huele excelente. Quiero ir a uno.
Me siento extraño estando acá, quizá es únicamente cuestión de que me acople. Ya les avisaré. No hay más que reportar desde esta zona del mundo. Buenas noches.

miércoles, agosto 29

shhh... cállate, mente

En mi amplia experiencia de cuatro días como yogui de yoga acalorada, alias bikram he descubierto el poder de la mente. Es maravilloso, fenomenal, grandilocuente y, por encima de todo, casi imposible de silenciar. En serio, cómo demonios se aquieta la ardilla de la cabeza. Puede pasar el día entero en cuasi reposo, pero eso sí, cuando tiene un momento en el que en realidad debería estar callada, no, se pone a trabajar sobremarchas.

Por azares del destino... No, por azares de mi novia, ahora prometida, futura esposa (sí, es mi destino) caí en el yoga de bikram o bikram yoga o ese yoga del infierno (literalmente) para ser un yo más saludable (y se lo agradezco profundamente) y descubrí lo que el silencio de mente puede lograr con diversos personajes propios: Ber yogui, Ber intelectual, Ber MBA y Ber.

Ber sufre cada postura después de dos clases en las que el sofoque fue inmenso y exquisito, una tercera en la que el aturdimiento llegó al máximo, mareado se salió y, pálido, se devaneció. En esta cuarta clase Ber se esfuerza al máximo.

– No te rindas, mente en blanco, respira por la nariz, – dice Ber
No me interrumpas, cabrón, – responde alterado Ber yogui.

La clase fluye. Enfocados todos en la respiración. El aguante. Ber yogui en su máximo esplendor después de tres clases listo para acabar por primera vez cueste lo que cueste.

Que extraordinaria sensación esta de dejar la mente en blanco, asegura el intelectual
Cabrón, me estás interrumpiendo, y sulfura a su alter con la mirada. –Respira hondo, eso es, inhal...–
– Sí puedes, no te desconcentres,  responde irritado Ber.
Es que si lo analizas, no estamos pensando en nada.
Estás pensando en la extraordinaria sensación de no pensar, no que la mente en blanco, resopla el yogui inspirando con fuerza.

Mientras, el yogui respira profundamente, infla las aletas nasales, mira en el espejo de enfrente el punto plateado que cuelga de su pecho, nada más es enfocable. Ber intelectual comienza a quejarse del por qué los demás decidieron quitarse los lentes.

Es que si te dejo ver en el espejo, tu vanidad nos impide concentrarnos, responde Ber yogui haciendo un esfuerzo máximo en el shwarma triple mortal en posición de tortura marina.
– ¡No es vanidad! – contesta de un bufido Ber.
Cállense, ruega el yogui
No les fascina esto de no pensar, es extraordinario, la mente en silencio, nada más está pasando a nuestro alrededor, es como la panacea, filosofa el intelectual.
– Pero tu eres el primero que estás pensando, gritan los otros al unísono y voltean los ojos.

Ber normal quiere saber la hora, los otros le dicen que no pasa nada, que se entregue por completo, el final está cerca. Ber piensa en que debería dejar la mente en blanco, pero los otros tres internos no lo dejan meterse en su papel de yogui. El hacedor de yoga se esfuerza al máximo. Sabe que está cerca del final.

El intelectual guarda silencio, el normal alza los ojos al cielo, ya no puede más. El yogui resopla, inhala, exhala, inha...

¿En qué momento me empezaron a ignorar? Yo estaba profundizando sobre e.., y lo interrumpe en el acto.
Podrías callarte.
Podría, pero estamos con la mente en blanco. Además, te has dado cuenta del tapete, será higiénico pararnos sobre él. Estoy pensando en dejar la mente en blanco pero no...
¡Inhaaaaaala! mantenlo
– ¡Sí puedes! – argumenta Ber
Un poco más, estírate más...
No que la mente en blanco, me están interrumpiendo para tener la mente en blanco. Yo quiero apoyarlos en no pensar. Cómo puedo escribir esto en el blog. Como una obra de teatro. Es impresionante todos lo pensamientos que tenemos por segundo.
– Cállense los dos, carajo, el que manda soy yo– dice Ber, y sigue: aunque eso del alfombrado también me tenía preocupado ¿eh? deberíamos preguntar sobre eso. Es que estoy es como un caldo de cultivo, Fer nos ha dicho que...
Te lo dije, no es nada higiénico. Y el olor, a las cuantas horas el olor nos impacta. ¿Hablaremos del olor en el post?
Por favor, shhh, al rato solucionamos tus issues, pero creo que estaría bien escribirlo.
Ustedes y su vanidad, esto se trata de relajarnos, de controlar el cuerpo, la mente, callarnos.
Y eso es lo que estoy intentando, pero es casi imposible, a ver, inténtalo.

Y todos nos vemos interrumpidos por la yogui teacher. La clase ha terminado, todos los Ber asienten satisfechos, aunque el yogui es el más molesto, el intelectual se la vivió dejando la mente en blanco, interrumpiendo sus esfuerzos, pero se miran, cómplices. La instructura nos acuesta en posición del muertito en sabananazaaassss, o algo así. Nos dice que los grandes cambios empiezan desde dentro para poder impactar afuera. Nos insta a meditar.

Oigan, es una excelente reflexión, ¿no creen? Cuando llegue a la dirección de una empresa, primero hay que lograr los cambios por dentro, medita Ber MBA

Ber intelectual lo mira de forma reprobatoria.

Sí, los directores que entorpezcan el cambio, a la chingada, no necesitamos gente que nos limite, argumenta.

El yogui lo mira suplicante, cállate, dicen sus ojos.

Y me culpaban a mí de interrumpirnos a todos, dice irónico el intelectual. Ya que por fin nos habíamos callado todos y llegas tú, creído.

Pero, pero... está bien.

Y silencio. Por fin.

Que extraordinaria sensación, esa de callar la mente. Aunque sea por un minuto. Gracias, pandita.




jueves, agosto 16

Manpower

Durante dos meses tuve el privilegio de convivir con una tribu diversa y entretenida, los conocen como Manpower. Aprendí que en realidad se trata de ManpowerGroup, pero esas son nimiedades. Con esta tribu de personas conviví con dos colonias principalmente, la primera era de comunicación interna y la segunda una mezcla comercial de marketing, relaciones públicas y business intelligence. Me cobijaron por dos meses, al principio con reservas, creo, después me integraron como uno de ellos.

Recordé la pertenencia de un equipo, los consejos y los jueves de convivencia extraoficial. Viví momentos emotivos, alegres, y otros no tan agradables. Pude poner en práctica aquello que durante un año absorbí para después verlo aplicado en tribus verdaderas, organismos vivos en los que cada persona juega un papel preponderante en las actividades diarias, personalidades que pueden parecer que tienen responsabilidades limitadas, pero que sin su saludo reconocido para entregar cartas, no sería lo mismo. Gente que es invisible durante el día, y para casi todos, pero que se encargan de controlar las alergias por polvo en los escritorios. Intelectuales roqueros que escriben poemas y critican con argumentos. Economistas que cambiaron de carrera e imagologos que acertan con sus comentarios. Mercadólogos y diseñadores intensos, platicadores y abrigadores. Comunicólgos analíticos. Directores prepotentes. Directores líderes. Directora coach. Una lidereza impotente.

Ambas tribus con las que conviví me enseñaron sin intentarlo. Y se los agradezco. Crecí profesionalemente, me abrí a nuevos auditorios, me permití ser un libro abierto, me dieron la oportunidad de conocerlos. Viví.

Ahora entiendo. Ellos, Manpower, mis tribus, me permitieron crecer y me enseñaron que crecerme no daría nunca los mismos resultados. Gracias.

viernes, julio 27

A veces se me olvida...


Estoy seguro que esa mañana ha sido una de las más duras de mi vida. Saber que tu cuerpo ya no estaba. Que me habías dejado solo y que por más que corriera escaleras arriba, que gritara tu nombre, que llorara buscándote, no encontraría tus brazos o tu sonrisa. Tu palabra o tu consejo. Ya no estás.
A veces creo que aún no sé que estoy haciendo y me haces falta para recibir tu sabiduría, para que me orientes. Ese 27 de julio en la madrugada cambiaría mi vida por completo. La cambió, de hecho. Se abrieron infinidad de puertas para que me convirtiera en lo que soy, para que terminara la cocción de lo que habías creado. Al mismo tiempo se cerraron otras puertas. O cambiaron de dimensión y no estoy seguro de cómo abrirlas, ni de querer hacerlo.
Todavía me pregunto que sería de mi si aquí estuvieras. Dueles.
Si estuvieras rondando por aquí creo que nada de lo que hasta hoy he hecho sería. Y entonces imagino. Seguramente hubiera acabado con la filosofía. Sería un lujurioso maestro o quizá ya un prominente doctorando. O quizá no estaría aquí. Pero aún podríamos ir a comer los domingos, luego ir por un helado y después al cine. Tal vez entre semana divagaríamos y me harías corromper cada una de las teorías llevándome al límite para vivirlas. En los últimos 10 años no habría vivido solo. Ni viajado tanto. Quizá ni siquiera hubiérame arriesgado a hacer todas las babosadas que me han hecho yo.
Pero muerta también me has llevado al límite. A romper todos los paradigmas que sin razón alguna me dijeron que debía seguir o los que me cree para sobrellevarte. El constante empuje de ver más allá. Pero te falto enseñarme de equilibrio. Ese lo medio he aprendido. Se te olvidaron las lecciones que dicen que hay un punto medio, que no todo es la pasión arrolladora, la fuerza de empuje sin calcular las consecuencias. Ahora que lo pienso, quizá en tu única visión de la vida, no querías que aprendiera de balanzas y sólo de entregas, pero te fuiste.
Han sido 10 años. Como a las 5 de la mañana me informaron que ya era hora. Diez minutos más tarde yo estaba tirado en el piso, impactado. Aún me pregunto ¿qué debo hacer? Y entonces hago lo que hacías: seguir. Dar el siguiente paso. Levantar la cara, secarte las lagrimas y caminar. Hasta que te canses, y en ese momento, seguir otra vez.
Te extraño mucho. A veces se me olvida que alguna vez estuviste, y me siento mal al descubrirme así. Luego me lavo el cerebro de que siempre estás y no es que te olvide, que algo de ti está conmigo, y por eso no te extraño tanto. Pero es complicado.
Con tu partida… Me despedí infinidad de veces pero nomás no me hacías caso. La esperanza. Esperaba que regresaras. Espero verte otra vez. Pero por favor, no te aparezcas en mis sueños, ni como fantasma, sólo espero verme alguna vez y ver que ahí estás, orgullosa, viva. Apasionada, en mi.
Te extraño. Te amo. Me cambiaste la jugada. Me diste una vida nueva. Renací. Tu también.

miércoles, julio 18

Quebrado II: el origen de ser


Como buen mexicano nació jodido, como buen español, vivió quebrado. De pequeño, cuando era el encargado del robo hormiga a los clientes, la abuela le daba el 10% de sus hurtos como comisión, pero para un poco letrado joven, el 10% no tenía validez real. Pero aprendió a la mala.
No sabe cómo, pero aprendió lo básico de economía, finanzas y microbanca. Y con microbanca nos referimos a la forma de burlar agiotistas, convertirse en usurero y crear esquemas ponzi tan maquiavélicos que parecían inocentes. Así, el borracho de pulquería tenía el oficio de portero, por cuidar la entrada del negocio del burdel de la abuela; además de mesero y cantinero. Un poco de herrero, carpintero y pastor. A veces se le daba lo electricista y otras tantas el de escolta, pero finalmente, lo único bueno que sabía hacer Torcuato Gómez Illundain era soñar. Soñar en grande, con tener no una sino dos botellas de vino; con un percheron que jalara su carretita en lugar de una triste mula mal parida y medio deforme. Soñaba con conocer a una mujer que lo dejara entrar en sus entrañas sin cobrarle y con un hijo que fuera sólo suyo al cual darle todo lo que existía en el mundo: su poco dinero. Además, se ilusionaba pensando en el momento en el que no tuviera que compartir su habitación con la abuela, en el instante en el que pudiera dejarse al alcohol sin la preocupación de deberse levantar a trabajar al día siguiente para conseguir lo suficiente para el plato de frijol que preparaba la última embarazada del negocio familiar y el medio litro de aguardiente nocturno.
Torcuato era Torcuato por que le había gustado el nombre a su madre. Alguien importante del pueblo llevaba ese nombre. Torcuato pensaba que así se llamaba el hombre que le había engendrado y que en honor a los 3 pesos que había dejado por los servicios otorgados le habían nombrado así. Pero luego, Torcuato pensada que su tesis era estúpida, cómo era posible que su madre supiera quién era su padre si se dedicaba  la vida galante, a los hombres y sus placeres carnales, a cocinar 4 meses al año durante los últimos 13 años por cada uno de sus hijos. Además, se inquiría Torcuato, sus otros 12 hermanos llevarían el nombre de su padre también. Pero se devanaba el seso pensando cómo sería posible que eso fuera posible si su sacrosanta progenitora se acostaba con al menos 10 clientes a la semana, según la abuela.
Pero su habilidad para soñar era grande, entonces imaginó como su madre sí era una mujer de cascos ligeros y que vendía sus carnes al mejor postor, pero que no era una cualquiera, que sólo los más educados señores se acercaban a ella por sus servicios, que la visitaban grandes y lores de lugares lejanos por sus habilidades amorosas y que por ende, sabía justo quién era el padre de él  de cada uno de sus hermanos.
La verdad es que Iván Torcuato Gómez Ilundai y Pérez Borgia, mejor conocido como Don Iván, nunca sabría la razón de llamarse cómo se llamaba. Lo que le calmaba por las noches era su Ilundain, ese apellido tan bravo y fuerte, proveniente de los conquistadores españoles, de un lugar vasco, le había dicho su abuela, y que en su tierra de origen tenían amplios poderes, pero por la ambición de unos, los habían desterrado al ‘chiquiero del nuevo mundo’ para que aprendieran de humildad y crecieran en templanza.
“Pa’ pinches aprendizajes”, repetía constantemente la abuela. La verdad es que el apellido era una herencia lejana, ganada, una vez más, por el valor de las carnes en una economía estancada.
Como español, Torcuato decía que tenía la visión para hacer mucho. Lástima que cuando tenía sus lapsos de iluminación estos se agotaban en tres vasos seguidos de aguardiente, mezcal, vino caliente o cualquier bebida alcohólica que apaciguara sus ímpetus de grandeza. Como mexicano, sabía que podía aguantar lo que fuera. Y lo hacía, vivía consigo mismo. Como Ilundain haría grandes cosas. Cuál Gómez, Pérez-sería.