miércoles, febrero 25

Jugar a los quemados

Ahí está él, sentado, pensando cómo pisotear el ego del profesor G de la G. Esperando la oportunidad adecuada. El momento único con el que pasará a la historia. A la breve historia de los anales de preparatorianos.

"Entonces la ética dice que debemos escuchar, antes de juzgar..." susurra a lo lo lejos con su voz falsa el profesor de barba bien peinada, mirada perdida y estoica estructura. La oportunidad apremia. Van dos veces que el maestrito ese, miembro poco honorable de alguna congregación religiosa cerrada y mística, humilla a su alumno sin razón aparente. No se aguantan, se ve a leguas.

El educando intenta entender por qué la tirria mutua, pero no encuentra razones. Solo sabe que le caga el tipo. Otros alumnos dicen que parece Cristo, pero con una barba envidiable y bien cuidada. Es solo un provinciano más con aires de grandeza. Una raya más al tigre asegura el joven imberbe. Llegó el momento, está seguro.

-"Entonces con la filosofía podemos entender a Dios... se detiene G y voltea agresivo -"¡Que te calles!"- le grita a su preaparatoriana némesis, quien, realmente no hacía nada, solo no prestar atención.

- "¿Por qué?"-, espeta el discípulo

- "Por que lo mando yo", responde intentando conservar la calma el inexperto profesor.

-"Decir eso no te hace muy ético ¿verdad?"- Fue la oportunidad perfecta, se dice a sí mismo.

-"¡Lárgate de mi salón! ¡salte! ¡salte! ¡salte!"- comenzó a gritar acercándose a su pupilo. Escupía involuntariamente con cada palabra. -"¡Vete!"- repitió a escasos centímetros de la cara de su alumno. 

Él, triunfante lo miró a los ojos y despacio se levantó de su asiento. Media sonrisa iluminaba su rostro.

- "No"-, respondió el alumno. -"Si quieres que me vaya, necesitas una razón más fuerte que 'por qué tu lo mandas'".

Atónito, el profesor temblaba de ira.

- "Pero me saldré, porque claramente aquí no aprenderé mucho de ética", dijo. Jaque mate. De esta partida.

Problemas con la autoridad, sentenciaron. No era la primera vez que escuchaba eso. Y no sería la última. 


viernes, enero 9

Dahinda

Poco iba a saber aquel niño entonces que desde joven ya traía el estigma de moverse y no estarse quieto. De que, en sus muchas características, viviera llamando la atención y que, quizá sin llamarla a propósito, su sola estirpe lo hiciera por él. 

Cuenta la leyenda que se indignó tiempo después al saber que, aún siendo el hijo de líder, optara por nombrarlo detrás de un animal de segundo cuando estaba rodeado por lobos, alces, murciélagos y muchos otros fieros animales. ¿Qué habilidades le faltaban? ¿cuáles eran las competencias de las que carecía? ¡Una rana!, carajo, empezó como mosquito y evolucionó en una rana. Un triste rana. Un anfibio. Un bicho pegajoso y al que nadie le tira un pedo o le presta atención. Una rana, por Dios. 

Ese nombre, el de la rana o sapo, Dahinda, se le da a los niños inquietos, que no se están tranquilos. Que llaman la atención. A los pequeños que está siempre brincando. Una. Rana. ¡Una Rana! 

Leyendo sobre los orígenes de este diminuto personaje, ya después se entendió que las alegorías hablaban de una rana de lluvia, de esas de colores llamativos y atractivos, pero de piel venenosa. Que esta rana le enseñó a Mowgli sobre diversos y alternativos métodos de supervivencia. Le mostró lo que es ser visto, ero no poder ser tocado. Grosso modo, lo que es estar solo y arreglárselas para ser feliz. Una Rana, papá, un renacuajo baboso, no un lobo o mangosta, una chingaderita verde fosforescente. 

Y es que años después, cómo no iba a suceder, que desde niño lo leyeron tan bien. Inquietud, ganas de moverse, de ver más y conquistar. De lastimar sin saber por qué y entender quizá que muchas veces así obra la naturaleza, da muchas cosas y quita otras. Llama la atención, pero genera envidias. Es pequeñas pero mortal. Una, una rana. 

Siempre moviéndose, de una hoja a otra, de un reto a otro. De un salto cada vez más largo a paciencia para crecer. De intromisión escondido, esperando las condiciones para, otra vez, brincar. La rana empezó a caerle bien. Por supuesto que no naciendo lobo, aunque siempre quiso compararse con ellos hasta que entendió su naturaleza. De hombre con características de rana. Hasta que asimiló el nombre. El nombre dicta lo que eres. Le gusta ser un rana. 

A saltar, otra vez, Dahinda, porque quieto eres presa fácil. Salta y sigue brillando. 

martes, julio 15

Después de los 30 nada es igual

Necesito perder 26 kilos. 

Para esta titánica tarea debo hacer 30 minutos de ejercicio al día, mínimo. Comer cerca de 1690 calorías para bajar 4 kilos por mes, según mi aplicación contabilizadora de calorías con objetivo desengordador.

Por tiempo indefinido debo tomar dos pastillas al día, una que no sé que le hace a la grasa (espero le dé de puñaladas y la mate) y otra que me hace orinar azúcar. Según el doc con los medicamentos, voy a bajar harto más en los primeros dos meses, hasta siete kilos, siempre y cuando no me exceda en los alimentos. 

Quiero que sean 5 por mes. 

En mis early thirties (me gusta decirlo así, nomás por caché), soy más bien sedentario, con cariño desmedido por las carnes frías, gusto por el mezcal, tequila y a veces del whisky, desenfreno por los tintos californianos y especial debilidad por el café exprés. Me gusta mucho el pan, además: disfruto sobremanera el de centeno o con cebolla, el de 12 granos y los especiales que hacen en Superama. Ni qué decir de las galletitas MacMa. Tengo una debilidad por los quesos grasosos, apestosos y amarillentos. Esos también engordan. 

Generalidades: mido 180 cm. Peso 106.2 kgs. y estoy excedido por 5% de grasa corporal. Debajo de la aparente gordura estoy bien mamadito: 80 kilotes de puro músculo en reposo. Bajé la aplicación para contabilizar lo que me como y me da pereza. Ya tengo cita con la mejor nutricionista del mundo, lo demás está en mí.

Los exámenes en sangre indican que el hígado está inflamado. Los triglicéridos por los cielos, y de cerca lo acompañan las grasas, lípidos y otros temas de interés gastronómico. El premio lo llevan los azúcares, sin caer en la diabetis. El diagnóstico es claro: el paciente no se lleva bien con el peso.

La meta es llegar a los 80 kilos, otra vez. Luego mantenerlo hasta la siguiente década. Se aceptan consejos. 

viernes, julio 11

Nunca sabes... o del ego periodístico

Los periodistas son los seres más egocentristas que han habitado la tierra. Me incluyo entre ellos. Quizá vengan poco después de celebridades que han saltado a la fama gracias a sus videoescándalos pero seguro superan el ego de cualquier mirrrey. O un emperador, en su defecto, por ser realistas.

Salen de la escuela presumiendo el texto que les fue publicado en la gaceta estudiantil, con mucho éxito alguna colaboración en la revista hiptser, con onda, del momento. Con ello se creen el siguiente premio nacional de periodismo. El Pulitzer es pecata minuta para ellos. Actualmente, los periodistas quieren "dejar algo con cada uno de sus textos a sus lectores". Ni ellos -ni yo- sabemos qué es ese algo, pero lo quieren dejar y que su nombre empiece a sonar. Pero es que no somos cascabeles para sonar. Muchos menos ambulancias. Somos textoservidores. Así de simple.

Pero es que en ese ejercicio de publicaciones, de sonar, de llamar la atención, de transformar el mundo, lo que más pelean los periodistas es que su nombre se lea y nomás no entiendo el por qué. ¿De qué les servirá hacer un portafolio con las miles de millones de páginas que ya escribieron? ¿Todas ella son igual de relevantes?

Conozco un periodista de la vieja guardia, edita y escribe una revista casi completa. Su nombre aparece en los créditos y en sus notas -breves en su mayoría- debe aparecer su nombre. Esto es que de una revista quincenal con 8 artículos y 16 notitas su nombre aparece en 5 artículos y 18 notitas (sólo por no dejar) además de la mención en el directorio, como editor.

Pero un periodista joven quiere exactamente lo mismo, aunque no sea editor, pero en cada cosa escribe, por mínima que sea, quiere ver su nombre. Incluso si le "aplicó la reingeniería editorial" a una nota fusilada de otro lado, se la firma. Notas que quizá no son leídas, no pasan a la posteridad y no ocupan un espacio significativo en la red. En mis tiempos de asistente editorial o reportero, no te firmabas una nota hasta que demostrabas que podías. Y podían pasar meses, incluso años, para que eso sucediera.

Recapitulando mi historia, antes de ser editor fui reportero. Previo fui asistente editorial. Mucho antes de eso me creía el siguiente best seller del NY Times. Mi nota más famosa, la que me "lanzó al estrellato" fue una que todo mundo obtuvo... 15 minutos después de mí. Me di cuenta que "El Chapo" había entrado a la lista de Forbes de los más ricos del mundo. Tuve mis 10 minutos de fama, literal. Y lo irónico... yo no quería firmarme la nota porque era información de Forbes.

Quizá de ahí viene el ego de firmar cada página, nunca sabes qué nota pegará.


jueves, julio 10

mi generación

En los últimos dos años dos miembros de mi generación se han visto involucrados en escándalos públicos de algún tipo. Si lo hicieron o no, no lo sé y no me incumbe. Lo que si me incumbe es la situación de esta generación.

Por una parte casi todos los miembros de esta generación  (de profesionistas) están mal pagados, otros ganan muy bien pero por dedicarse a otra cosa que nada tiene que ver con la afamadísima comunicación. Muchos otros seguimos buscando qué hacer.

Creo que se trata sólo de esta especie: los comunicólogos. Estos entes de caracter pasional, creativo, inteligente y único: somos millennials que rompen las fronteras generacionales: queremos todo a nuestra disposición, de la manera más sencilla, con las facilidades otorgadas y, dicho sea de paso, bien pagados. Esto último resulta en una utopía para la gran mayoría. Luego de 7 años de graduados el sueldo sigue dejando mucho que desear para la gran mayoría.

Mi alma mater organiza un algo de comunicación cada año: simposio, curso, congreso, un algo en el que reconocidos comunicadores se hacen presentes y discuten con nosotros. Cada año se vanaglorian en llevar a un ex alumno destacado. Uno. Un estudiante de otros 60 que se gradúan por año (cuando menos). Sigo esperando mi invitación, que parece nunca llegará. Pero este afamado comunicador está ahí porque a) decidió especializarse o b) *inserte su razón aquí*.

Entre chiste y no, pero queremos sobresalir entre los demás, a veces sin importar el precio.

La comunicación, en sentido educativo, es una embarrada de periodismo, con un toque de televisión, dos semestres de radio, media carrera con teorías infames de la comunicación, una clase opcional de relaciones públicas, dos semestres de análisis informativo y, de paso, soportar profesores tercos, poco éticos, mal preparados, pervertidos, y que osan corregir nuestra ortografía. En síntesis, estudiar comunicación es como estudiar de todo lo que se tiene que decir y transmitir por todas las posibles vías. Claro, me dieron dos clases de estadística (inútil), una materia de cómo preparar power points y la insaciable mentira de que marketing es 'puro feeling'. No olviden la lógica (impartida por filósofos cuadrados) y periodismo multimedia por docentes sin experiencia en periódicos ni en productos multimedia. Un verdadera belleza. ¿Cómo esperan que salgamos al mundo laboral sabiendo poquito de todo y sin experiencia real en nada? Creo que mi generación, como la previa, la anterior, e incluso la que está empollándose ahorita, debe especializarse más. Mucho más.

Este perfil profesional dice mucho de cómo está mi generación actual. Habemos creo que sólo 4 periodistas, chingos de publirelacionistas y muchos otros de mis compañeros no tengo idea de qué hacen. Creo que algunos persiguen sus sueños previos a la comunicación: bailarines, maquillistas, músicos, esposas, mantenidos, no sé. Mi experiencia es que salí de la universidad trabajando como asistente (una secretaría dos dos cara), de ahí entré a trabajar a un periódico y no sabía NADA, NADA, pero en serio, NADA de periodismo real, y para acabarla, terminé en la sección de sociales. Para los que no saben qué es eso, es lo peor en la escala periodística. Eso y quizá los presentadores de noticias. Eso sí, tenía un título rimbombante.

Todo esto para decir que mi generación es rara, como supongo que lo son todas, pero no sé que esperan  lograr con alumnos pocos preparados en temas específicos y muy enterados de las ramas de materias grandes y específicas. Mi mejor amiga... no sé que hace mi mejor amiga, pero sé que es exitosa y que lo que hace lo aprendió de experiencia y no de la escuela. Y hasta ganó dinero aprendiendo. Mi generación, como yo, ha dado tumbos, probado diversas áreas. Varios hemos saltado al estrellato, pero seguramente no de la mano de lo que queríamos hace escasos 7 años.