Durante dos meses tuve el privilegio de convivir con una tribu diversa y entretenida, los conocen como Manpower. Aprendí que en realidad se trata de ManpowerGroup, pero esas son nimiedades. Con esta tribu de personas conviví con dos colonias principalmente, la primera era de comunicación interna y la segunda una mezcla comercial de marketing, relaciones públicas y business intelligence. Me cobijaron por dos meses, al principio con reservas, creo, después me integraron como uno de ellos.
Recordé la pertenencia de un equipo, los consejos y los jueves de convivencia extraoficial. Viví momentos emotivos, alegres, y otros no tan agradables. Pude poner en práctica aquello que durante un año absorbí para después verlo aplicado en tribus verdaderas, organismos vivos en los que cada persona juega un papel preponderante en las actividades diarias, personalidades que pueden parecer que tienen responsabilidades limitadas, pero que sin su saludo reconocido para entregar cartas, no sería lo mismo. Gente que es invisible durante el día, y para casi todos, pero que se encargan de controlar las alergias por polvo en los escritorios. Intelectuales roqueros que escriben poemas y critican con argumentos. Economistas que cambiaron de carrera e imagologos que acertan con sus comentarios. Mercadólogos y diseñadores intensos, platicadores y abrigadores. Comunicólgos analíticos. Directores prepotentes. Directores líderes. Directora coach. Una lidereza impotente.
Ambas tribus con las que conviví me enseñaron sin intentarlo. Y se los agradezco. Crecí profesionalemente, me abrí a nuevos auditorios, me permití ser un libro abierto, me dieron la oportunidad de conocerlos. Viví.
Ahora entiendo. Ellos, Manpower, mis tribus, me permitieron crecer y me enseñaron que crecerme no daría nunca los mismos resultados. Gracias.
jueves, agosto 16
viernes, julio 27
A veces se me olvida...
Estoy seguro que esa mañana ha sido una de las más duras de
mi vida. Saber que tu cuerpo ya no estaba. Que me habías dejado solo y que por
más que corriera escaleras arriba, que gritara tu nombre, que llorara
buscándote, no encontraría tus brazos o tu sonrisa. Tu palabra o
tu consejo. Ya no estás.
A veces creo que aún no sé que estoy haciendo y me haces
falta para recibir tu sabiduría, para que me orientes. Ese 27 de julio en la
madrugada cambiaría mi vida por completo. La cambió, de hecho. Se abrieron infinidad
de puertas para que me convirtiera en lo que soy, para que terminara la cocción de lo que habías creado. Al mismo tiempo se cerraron otras puertas. O
cambiaron de dimensión y no estoy seguro de cómo abrirlas, ni de querer
hacerlo.
Todavía me pregunto que sería de mi si aquí estuvieras.
Dueles.
Si estuvieras rondando por aquí creo que nada de lo que
hasta hoy he hecho sería. Y entonces imagino. Seguramente hubiera acabado con
la filosofía. Sería un lujurioso maestro o quizá ya un prominente doctorando. O
quizá no estaría aquí. Pero aún podríamos ir a comer los domingos, luego ir por
un helado y después al cine. Tal vez entre semana divagaríamos y me harías
corromper cada una de las teorías llevándome al límite para vivirlas. En los
últimos 10 años no habría vivido solo. Ni viajado tanto. Quizá ni siquiera
hubiérame arriesgado a hacer todas las babosadas que me han hecho yo.
Pero muerta también me has llevado al límite. A romper todos
los paradigmas que sin razón alguna me dijeron que debía seguir o los que me cree para sobrellevarte. El constante
empuje de ver más allá. Pero te falto enseñarme de equilibrio. Ese lo medio he
aprendido. Se te olvidaron las lecciones que dicen que hay un punto medio, que no todo es la pasión
arrolladora, la fuerza de empuje sin calcular las consecuencias. Ahora que lo pienso,
quizá en tu única visión de la vida, no querías que aprendiera de balanzas y sólo de
entregas, pero te fuiste.
Han sido 10 años. Como a las 5 de la mañana me informaron que
ya era hora. Diez minutos más tarde yo estaba tirado en el piso, impactado. Aún
me pregunto ¿qué debo hacer? Y entonces hago lo que hacías: seguir. Dar el siguiente paso. Levantar la cara, secarte las lagrimas y caminar. Hasta que te canses, y en ese momento, seguir otra vez.
Te extraño mucho. A veces se me olvida que alguna vez
estuviste, y me siento mal al descubrirme así. Luego me lavo el cerebro de que
siempre estás y no es que te olvide, que algo de ti está conmigo, y por
eso no te extraño tanto. Pero es complicado.
Con tu partida… Me despedí infinidad de veces pero nomás no
me hacías caso. La esperanza. Esperaba que regresaras. Espero verte otra vez.
Pero por favor, no te aparezcas en mis sueños, ni como fantasma, sólo espero
verme alguna vez y ver que ahí estás, orgullosa, viva. Apasionada, en mi.
Te extraño. Te amo. Me cambiaste la jugada. Me diste una
vida nueva. Renací. Tu también.
miércoles, julio 18
Quebrado II: el origen de ser
Como buen mexicano nació jodido, como buen español, vivió
quebrado. De pequeño, cuando era el encargado del robo hormiga a los clientes,
la abuela le daba el 10% de sus hurtos como comisión, pero para un poco letrado
joven, el 10% no tenía validez real. Pero aprendió a la mala.
No sabe cómo, pero aprendió lo básico de economía, finanzas
y microbanca. Y con microbanca nos referimos a la forma de burlar agiotistas,
convertirse en usurero y crear esquemas ponzi tan maquiavélicos que parecían
inocentes. Así, el borracho de pulquería tenía el oficio de portero, por cuidar
la entrada del negocio del burdel de la abuela; además de mesero y cantinero.
Un poco de herrero, carpintero y pastor. A veces se le daba lo electricista y
otras tantas el de escolta, pero finalmente, lo único bueno que sabía hacer
Torcuato Gómez Illundain era soñar. Soñar en grande, con tener no una sino dos
botellas de vino; con un percheron que jalara su carretita en lugar de una
triste mula mal parida y medio deforme. Soñaba con conocer a una mujer que lo
dejara entrar en sus entrañas sin cobrarle y con un hijo que fuera sólo suyo al
cual darle todo lo que existía en el mundo: su poco dinero. Además, se
ilusionaba pensando en el momento en el que no tuviera que compartir su
habitación con la abuela, en el instante en el que pudiera dejarse al alcohol
sin la preocupación de deberse levantar a trabajar al día siguiente para
conseguir lo suficiente para el plato de frijol que preparaba la última
embarazada del negocio familiar y el medio litro de aguardiente nocturno.
Torcuato era Torcuato por que le había gustado el nombre a
su madre. Alguien importante del pueblo llevaba ese nombre. Torcuato pensaba
que así se llamaba el hombre que le había engendrado y que en honor a los 3
pesos que había dejado por los servicios otorgados le habían nombrado así. Pero
luego, Torcuato pensada que su tesis era estúpida, cómo era posible que su
madre supiera quién era su padre si se dedicaba la vida galante, a los hombres y sus placeres carnales, a
cocinar 4 meses al año durante los últimos 13 años por cada uno de sus hijos.
Además, se inquiría Torcuato, sus otros 12 hermanos llevarían el nombre de su
padre también. Pero se devanaba el seso pensando cómo sería posible que eso
fuera posible si su sacrosanta progenitora se acostaba con al menos 10 clientes
a la semana, según la abuela.
Pero su habilidad para soñar era grande, entonces imaginó
como su madre sí era una mujer de cascos ligeros y que vendía sus carnes al
mejor postor, pero que no era una cualquiera, que sólo los más educados señores
se acercaban a ella por sus servicios, que la visitaban grandes y lores de
lugares lejanos por sus habilidades amorosas y que por ende, sabía justo quién
era el padre de él de cada uno de
sus hermanos.
La verdad es que Iván Torcuato Gómez Ilundai y Pérez Borgia,
mejor conocido como Don Iván, nunca sabría la razón de llamarse cómo se
llamaba. Lo que le calmaba por las noches era su Ilundain, ese apellido tan
bravo y fuerte, proveniente de los conquistadores españoles, de un lugar vasco,
le había dicho su abuela, y que en su tierra de origen tenían amplios poderes,
pero por la ambición de unos, los habían desterrado al ‘chiquiero del nuevo
mundo’ para que aprendieran de humildad y crecieran en templanza.
“Pa’ pinches aprendizajes”, repetía constantemente la
abuela. La verdad es que el apellido era una herencia lejana, ganada, una vez
más, por el valor de las carnes en una economía estancada.
Como español, Torcuato decía que tenía la visión para hacer
mucho. Lástima que cuando tenía sus lapsos de iluminación estos se agotaban en
tres vasos seguidos de aguardiente, mezcal, vino caliente o cualquier bebida
alcohólica que apaciguara sus ímpetus de grandeza. Como mexicano, sabía que podía
aguantar lo que fuera. Y lo hacía, vivía consigo mismo. Como Ilundain haría
grandes cosas. Cuál Gómez, Pérez-sería.
martes, julio 17
Quebrado I
Tenía dinero. Era rico. Importante y poderoso. Bueno, eso
creía Iván. La verdad es que en un golpe de gracia había ganado la lotería
local por 25 mil pesos que, en sus tiempo de juventud, si era una suma
considerable. Con esa ganancia, Iván Torcuato Gómez Illundain había pasado de
ser un borracho de pulquería con oficio de vividor y obrero a ser un reconocido
empresario fiestero y despilfarrador. Eufemismos de los buitres.
Iván fue el último nombre con el que se conoció luego de
haber recibido una inmerecida fortuna. Torcuato era el nombre del pasado, el
sucio, el que se embriaga de domingo a sábado y descansaba a media noche entre
los días de descanso envuelto en lágrimas y promesas de no tomar otra vez. Y su
vómito lo acompañaba.
Torcuato había nacido un miércoles o jueves. Nunca lo
registraron adecuadamente, así que su abuela, quién lo crió luego de que su
padre huyera y su hija –la mamacita de Torcua– falleciera al dar a luz a
treceavo bastardito, optó por celebrarlo cada tercer viernes de octubre. Para
cuando Torcuato se vio en la necesidad de convertirse en Don Iván Gómez
Illundain y Pérez Borgia se registró a billetazos para haber nacido el 6 de
junio de 1936.
La infancia del niño fue como cualquier otra infancia: se
revolcaba en el lodo, las ramas eran sus espadas y tenía un terrible odio por
sus hermanos mayores que abusaban de él y él molestaba, golpeaba y sometía a
los dos menores para demostrar su poder.
No vale la pena ahondar en detalles sobre sus hermanos, en
realidad medios hermanos, pues lo único que los unía era la sangre materna y la
esporádica protección de un hermano mayor. La gran mayoría fueron vendidos como
casi esclavos para haciendas, rancherías y mercados de pueblos aledaños entre
los 9 y 10 años de edad, menos Torcuato. El día que pretendían venderlo escapo
de la casa y volvió cuatro días más tarde con 15 monedas, dos gallinas y un
marrano para la abuela. La señora vio en él ‘al hombre de la casa’ que podía
robar a los clientes de la casa de citas que la abuela regenteaba y de la cual
su hija había sido una de las meretrices más querida.
Iván Torcuato tuvo que madurar rápidamente. Ya no podía solo
jugar, era momento de invitar a los pestilentes y sucios obreros a gastar su
raya con las mujeres que ofrecían sus servicios. Todas ellas, parientas cercanas
de la abue. Además, les ofrecía bebidas refrescantes y adulteradas, míticas
mezclas afrodisíacas para durar más en las artes amatorias y, luego del cortejo
y coito comúnmente corto, hurgar en sus bolsillos tirados por monedas,
baratijas y otros artilugios de interés mundano.
En una ocasión, luego de que el cliente frecuente del mes,
un recién ascendido capataz del pueblo de Santo Domingo Actipan, quedó
indigesto de lujuria, Torcuato investigó en sus bolsillos sin mucho éxito para
el tradicional botín, sin embargo, del cinturón de mecate del cliente obtuvo un
revolver aburrido, medio oxidado y que servía más para espantar que para
disparar.
La curiosidad lo invadió inmediatamente y mientras jugaba
con el arma y probó con el duro y atascado gatillo, una bala salió disparada e
impacto a escasos tres centímetros de la cabeza del ebrio capataz. Su condición
lo hizo balbucear pero se rindió a los encantos del abuso del alcohol y cayó en
sueño profundo, otra vez. Mientras
Torcuato paralizado de miedo veía la escena con la pistola en sus manos decidió
regresar el juguete a su dueño y esperar a la siguiente ocasión para poder
hacerlo suyo.
miércoles, julio 11
Nada
Todo está lleno de distractores, gente que camina, otra que
habla y muchas que intrigan por su mirada perdida, por la sonrisa incandescente
y otras porque están como muertos.
Además, hay luces con intensidades varias. El complemento perfecto es el
murmullo cotidiano, los anuncios de la calle, el rugir de los motores y el
lluvia. Luego el sol. Ahora el viento y de regreso al silencio.
Pero ahí está la nada. Su arbitrariedad con la importancia
constante de la vida. Le resulta indiferente quién hace qué, le parece
irrisorio la sorpresa por las vicisitudes y termina aplastándolo todo ante su
hedor de confesión.
Se pregunta, quién le hizo creer a las moscas que son
importantes. En qué momento el ego se apoderó de la creación humana, esa disque
tan inteligente. La vomita. Y es que las personas infladas se creen tan
importantes, tan únicas, como las otras 7 mil millones, pero de no ser por unas
40 que la rodean, una sola persona sola no existe. Es nadie. Es nada. Y como es
nada, se acumula en ‘todo’ aquello que sobra, que resulta inconcluso,
interminable pero insignificante. Se desvanece.
La nada es la ausencia de algo. Entonces, ella, así de digna
y abusiva, sabe que todos sobran. Pero le gusta reírse de la importancia que el hombre se da,
un distractor más para su eterna faena de significantes aburridos.
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