Desde que tengo algo de razón, volar y viajar en avión ha tenido un algo de glamoroso. No es lo mismo irse a Acapulco en coche y recorrer 400 kilómetros en tres horas y media, que hacer 25 minutos sentado en un asiento dos dos cómodo para aterrizar en la playita.
Es increíble como el avión acorta las distancias: del horrible aeropuerto de Toluca al todavía más feo puerto de Huatanejo (bautizado por la niña del asiento 14F) en 35 minutos mientras que la vía terrestre puede durar hasta 10 horas. Ya ni qué decir de los 13 mil kms. que separan al honorable aeropuerto Benito Juárez del DF al primer mundista Heathrow en Londres batiendo un récord de 11 horas.
Pero volar ya es una cosas más comunes. Cuando viví en Inglaterra me emocioné mucho con las líneas esas -low cost, volaba por 15 euros a donde quisiera si reservaba con tiempo. Los pasajeros eran iguales en todos lados y los grandes grupos aeronáuticos estaban reservados para vuelos muy largos o la reducida clase alta del viejo mundo.
En México ya cambiamos nuestro querido Pullman de Morelos por Volaris, el ADO por Aviacsa e Interjet está de moda para volar a los Cabos, Tijuana y Puerto Vallarta. Irónico y medio frustrante: ir a Cancún en una low budget es más barato que ir a Acapulco en coche. Lo de hoy, ya no es subirte al camión guajolotero en la terminal más cercana a tu casa, es agarrar el shuttle que te lleva hasta Paseo Tollocan y subir –de forma literal– a un jet guajolotero.
Volar ya no es glamoroso, es barato.
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