Amigos, los verdaderos, según tengo entendido se cuentan con los dedos de una sóla mano. Suelen sobrar dedos. Me consta. He dicho que aunque la gente no diga que yo soy su amigo, yo sì me considero suyo. Hay quienes no entienden esto pero es la verdad, punto.
He tenido incontables mejores amigos en mis escasos 24, la gran mayoría de esos best han desaparecido de la faz de mi planeta, nos distanciamos, alejamos, peleamos o simplemente cambiamos de escuela y ya, tan tan, se acabó la magia. Mis amigos, esos que cuento con la mano, llevan ocho años o más y todos son de diferentes escuelas, diferentes gustos y sí, todos somos en extremo muy complicados. Sin embargo ahí estamos.
Acabo de hacer dos amigos, de esos que quiero que se queden per seculam seculorum y me invade una cierta categoría de pavor: los que se han quedado desde hace años ¿se irán?, los nuevos ¿se quedarán?
La sabiduría paterna me sorprendió otra vez: "vas a tener muchos amigos, gente que viene y se va. El que llamo mi mejor amigo no pensé que jamás lo sería y llevamos casi 40 años. La gente se queda cuando quiere y porque quiere".
Así, la amistad se trata de un asunto por demás sentimental. Pero todo va de la mano con la permanencia voluntaria. Te quedas si te gusta, si discutes, si aprendes, si hay algo en común. Incluso cuando no hay nada en que parezca unirlos y funcionen más bien como engranaje y consciencia mutua.
He decidio permanecer, usar la voluntad, hacer eso que ya todos prohiben: la permanencia voluntaria.
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