Aparentemente todo gira en torno al dinero. Todos -me incluyo- vamos detrás de él cual perros hambrientos. ¿Y de qué sirve? Olvidamos por completo lo que en verdad vale algo. Estar con los amigos, caminar bajo la lluvia, meter los pies en la arena cuando estamos observando el horizonte en una playa. Tomar de la mano a la persona amada. Acostarse en el pasto y dejarse llevar por la naturaleza del momento, solo estar, así.
El dinero no compra la felicidad, pero se le parece mucho -dicen. El dinero más bien compra la inseguridad, la soledad y el vértigo de gastarlo, pero no nos llena. Ocupa el vacío que existe con un jarrón de Lladro, el coche último modelo y la cena en el lugar inn. Pero el hueco sigue latente. Y latiendo.
Hay dos cosas que mueven al mundo: dinero y amor. El primero es muy útil para conseguir cosas y comprar gente, el segundo no nos da de comer. No conozco las quesadillas de cariño ni un caldito de pasión. Sí sé, y con bastante certeza, que aún cuando no hay dinero, el amor es lo que impulsa ha que haya prosperidad, unidad, integración. Quizá no habrá pechugas a la cordon blue con vino blanco y guarnición de espárragos todos los días, sin embargo habrá algo más fuerte: confianza en que juntos juntarán el dinero para un departamento algún día.
Mientras no olvidar los pequeños detalles, esos que son sin-ceros.
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