Cuando era niño me moría por ser adulto. Pasaba largas horas pensando en el momento en que tuviera mi coche, ganara dinero, comiera en restaurantes y me pudiera ir de viaje. Pensaba que sería muy agradable ir a trabajar, sentarse en la oficina, ganarse un sueldo y sentir alegría por recibir mi quincena. Quería tener novia, vivir con ella y pensar en una familia. Perdí un largo tiempo de mi infancia pensando en la adultez.
Quizá me hicieron madurar desde chico, yo era, según mi mamá "el hombre de la casa" y desde los seis años me metió a trabajar para poderme pagar mis scouts, comprar una coca cola los fines de semana y algo que me sobrara; cosa que nunca sucedió. Cuando entré a la pubertad le ayudaba con el puesto de hamburguesas y hot dogs al carbón que pusimos en el garage; tiempo después le ayudaba a pintar la tela de la que salían algunos muñequitos de peluche.
Esperaba con ansia el momento de verme libre de mi "inmadurez", de que me dieran órdenes y me dijeran qué y cómo hacer las cosas.
Quiero ser niño otra vez: levantarme a las seis de la mañana para jugar con mis carritos, ir a la escuela a aprender algo, llevar verduras extrañas de lunch, tocar el piano una hora al día, jugar luchitas, patinar y andar en bici, irme a dormir a casa de mis amigos y despertar con el olor de unos hot cakes. Estar en el parque y hacerme amigo de los demás niños que estaban ahí. Dejar que alguien más se preocupe por pagar las cuentas, correr a contestar el teléfono aunque no fuera para mí, mojarme en la lluvia y darme un baño caliente llegando a casa. Vestirme de ñoño los fines de semana y caminar así, valiéndome madre lo que digan los demás. Andar en el micro y tomarlo como la gran aventura que era.
Armar cosas con los Tente y los Legos, ser un caballero medieval en busca de su princesa y enfrentarme a brujos y bárbaros. Montar un pegaso o ser Mumra el inmortal.
No sé en que momento crecí, o me crecieron. No entiendo por qué la adultez es el objetivo de cualquier niño. Extraño a mi niño... y ya no hay vuelta atrás.
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